sábado, 17 de diciembre de 2011

Solitario

Quiero jugar al solitario, pienso en clase. Ya estoy aburrido de escuchar cualquier cosa; estoy magníficamente satisfecho de lo aprendido hoy, de lo aprendido a lo largo de estos meses; ahora estoy muy cansado. Luis está explicando algunos hechos sorprendentes de alguna obra de teatro de principios de siglo. Tomo notas. Miro el reloj. Quiero jugar al solitario. ¿Cómo se escribe 'bululú'? Sigo pensando en qué hacer durante el tiempo que me queda libre antes de volver a Málaga. Vuelvo a mirar el reloj. Decido ausentarme mentalmente.

Cuando vuelvo a ser consciente de algo, estoy esperando al metro. Busco el reloj para mirar cuánto falta para que llegue el tren. No hay reloj, ¿dónde está? Me levanto y me doy cuenta de que, sin quererlo, me había sentado justo debajo y desde esa posición me era imposible verlo. Me muevo en el andén para verlo mejor, pero me vuelvo a sentar debajo: me siento seguro bajo su protección. Apoyado sobre las rodillas pienso en cómo sería ver el andén, concentrado en dos minutos, dos cientos años a partir de ese instante. Me subo y tengo suerte, hay asientos libres.

Cuando me bajo en Bac de Roda, me quedo mirando como pasa el tren y se marcha camino de Sant Martí. Miro la hora en el móvil. Hay tiempo. ¿Tiempo de qué? Llego a casa y, cuando me ven desde dentro, una chica se levanta para abrirme la puerta. Me sonríe. Yo sé que es lo que piensa y sé, que aunque parezca mucho más joven, tiene en realidad muchos años de tradición. Está sentada con alguna de sus amigas jugando a las cartas. No me quitan ojo y cuchichean entre ellas mientras viene el ascensor. '¿A qué estáis jugando?', pregunto. 'A la brisca, ¿quieres jugar?'. Respondo que no elegantemente, aludiendo que tengo hambre y me subo en el ascensor. Cuando llego a casa cierro la puerta tras de mí: no quiero que se cuelen por ningún hueco y vengan a buscarme las chicas. Quiero jugar al solitario. Me sorprendo a mí mismo cerrando también todas las ventanas de la casa, no vaya a ser que decidan subir volando, con otros medios. Mientras se enciende el ordenador voy a regar el laurel que tengo en la terraza. Le quito un par de hojas para que se sequen y cocinar con ellas. Sé que me lo llevaré encima cuando me vaya de casa; lo he plantado yo, y según el abuelo quien planta un laurel se muere. Volviendo a la cocina me doy cuenta de que una de las chicas tenía una muy buena mano para jugar: dos reyes y una sota. ¿Tendría alguien tres ases? Personalmente prefiero tres treses, pero hace ya mucho tiempo que no juego a la brisca y estoy seguro de que se me olvidan las jugadas maestras y las estrategias definitivas.

Arranco el solitario. En la primera partida no duro ni un minuto, cuestión de estadística. Cuando estoy dentro del juego pienso en las chicas del portal y en su edad. Las alas que pueden desarrollar y lo peligrosas que pueden llegar a ser con el paso del tiempo si permeabilizan en el ánimo de una persona. ¿Quién será la victoriosa? Estoy seguro de que piensan en mí, me digo. Estoy seguro de que saben que vivo en el octavo. Incluso les resulte exitante que sea estudiante foráneo y que pase la mayor parte del tiempo solo en casa. Yo ya no recuerdo lo que es la soledad voluntaria. Ni la soledad azarosa. Ahora solo conozco la soledad forzada. La soledad del solitario que ya no tiene mucho más que pensar porque ha pensado demasiado y tiene que hablar con alguien. Tal vez esté equivocado, pienso. Es más, seguro que estoy equivocado a los ojos de los demás. Todas esas teorías del deseo y de la soledad, esos pensamientos acerca de la melancolía. Los héroes clásicos que han ido a pasearse por El Corte Inglés. Cuando gano la primera partida me levanto de la silla y salgo de la habitación. Me vuelvo a perder por la casa para ver si llego a un rincón en el que no había estado antes. Creo que ya es momento de quedarme sin lugares.