jueves, 29 de septiembre de 2011

Primeros días

Llegué a Barcelona un diez de septiembre de dos mil once. El sol apuntaba ya bajo cuando el avión tocó el suelo. Mis primeros pasos, tras media hora de tren hasta Passeig de Gràcia, fueron por la calle Consell de Cent. Todo me parecía extraño, como llegado por accidente. Aún me parecía imposible que hubiese llegado a una ciudad que no conocía para quedarme. Cosa del azar, pensaba. Como si hubiese naufragado a lo largo de los días, semanas, meses, años de mi vida hasta llegar a esta ciudad. Estas calles que ahora me son extrañas, pensé, serán como Martínez de la Rosa, como Amergual de la Mota o Reding en un futuro, espero, que no muy lejano.

Al día siguiente caminé por la ciudad durante horas. Visité lo que se suele visitar de Barcelona cuando uno viene a pasar unos días. Busqué puntos de referencia para ir haciéndome un callejero mental, una seguridad anclada en nombres de tiendas que ya conocía de otras ciudades. Cuando llegué a casa hablé con mamá y le dije que después de todo el día tenía la sensación de que Barcelona era como un barrio nuevo de Málaga que aún no conocía y que quería conocer. Que la cama donde dormía era una extensión de mi cuarto que, poco a poco, iría acondicionando a mi manera de virir tal y como lo hago hasta ahora. Supongo que algunos aspectos cambiarán, mamá, le dije, la experiencia me hará cambiar de métodos en algunas cuestiones supongo que, meramente prácticas. Me adaptaré a las nuevas situaciones usando métodos que ya conozco, le dije.

Después llegaron en forma de cascada un montón de días que no difieren mucho entre sí. Me he ido haciendo a la manera de vivir en casa, acomodando en los diferentes aspectos que supone esta nueva manera de pasar los días y ese tipo de cosas. Adapto las circunstancias de mi casa para que todo me sea más cómodo, aprovechando circunstancias de un modo inteligente, facilitándome el día a día. He colgado una bandera de Andalucía en el cuarto, por simpatía; un mapa de Barcelona, por práctico; y un mapa de Málaga, por perderme en sus calles con el dedo durante horas, cuando no me encuentre aquí. El primer viernes que estuve aquí fui a comprarme un paño de cocina a un chino que hay cerca de casa. La china que regentaba el local me sacó un completo y coloreado abanico de paños de cocina. La temática era los días de la semana. Es viernes, pensé, y como hoy es viernes y he llegado a los paños hoy, me llevo el paño del viernes. Ahora seco la cocina y las labores que se derivan de ella con el paño viernes (que así he decidido llamar). Lo uso, lo pongo a secar y lo guardo. Siempre está disponible, es fiel y se presta a cualquier actividad para la que quiera usarlo. Espero que no empiece a pensar por sí mismo.

Ahora mismo, y después de casi tres semanas, Barcelona es un montón de islas cuyas puertas de entrada son las bocas de metro. El norte varía irremediablemente en cada salida de metro. Puede ser, otra vez, una tienda, o un edificio. Aunque cada día aprendo un nuevo camino, una nueva calle por la que transitar para llegar a otro lugar, todavía me falta mucho por investigar. Y eso es lo que más me llama la atención de la ciudad, a parte de las clases, de las que hablaré o escribiré otro día. Las posibilidades que tiene la ciudad, me parecen ahora infinitas. Supongo que con el tiempo llegarán los caníbales y tendré que buscar estratagemas de defensa. Por lo pronto, paseando por el barrio de Gracia le compré a un mendigo dos libros a un módico precio: Historia de una escalera, de Buero Vallejo, editado por Austral, y Robinson Crusoe, de Defoe, en la edición de RTVE que todos queremos tener completa en casa.

Hoy me he despedido del sol, como aquel sábado diez de septiembre, soñando, esta vez tumbado y no bajando de un avión, con Barcelona y con Málaga, con la familia y amigos, posibles futuros que puedo vivir si consigo aprovechar las oportunidades que ahora tengo delante. Un punto en el espacio, ahora infinito, de tiempo limitado.

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