Desde que era pequeña me han llevado siempre a ver la semana santa al centro de Málaga. A lo largo de los años mi interés se ha ido centrando en diferentes aspectos de una procesión: los nazarenos y sus túnicas y sus velas junto con las manzanas de caramelo que me compraban mis padres en primer lugar, las bandas de música y sus marchas en segundo, a continuación fueron los pasajes de la vida de Cristo que se representaban en los tronos que huelen a incienso y, por último, los portadores que llevan sobre sus hombros esos pedazos de historia de la ciudad y de la cultura occidental. Me obsesionan, me agarran y me llevan, a mí también, cabalgando sobre la imaginación que tan bien disimula mis verdaderas intenciones.
A mi abuela le encanta que vaya a ver tronos, aunque sea sola. "Claro que sí, hija, hay que defender las tradiciones y la semana santa es 'mu' bonita". Me invita a salir de nazareno o de portadora, pero yo sé que no lo podría soportar. "¿Y por qué no sales en ninguna procesión? Mira que de pequeña te pillabas unos berrinches...¡aprovecha, ahora que puedes!" Mi abuela que me da 50€ cada domingo de Ramos "pa' una cocacolilla" y que yo sé que, desde lo más profundo y a pesar de sus convicciones religiosas, se intuye y sospecha cuáles son mis intereses reales porque ella también ha tenido diecisiete años. "¿Y por qué no le dices a alguno de tus amigos o a tus amigas que te acompañen? Me da cosita verte sola haciendo fotos y viendo tronos". Porque, abuela, precisamente, eso rompería la magia que ando buscando, pienso. Yo sonrío y contesto con débiles excusas que no convencen a nadie.
A decir verdad, me he planteado muchas veces, fuera de la semana santa, el porqué de mis inquietudes, el porqué de la semana santa tal y como me la planteo de hace dos años hasta ahora. Pienso en una yo futura y me tranquilizo; observo que, como ya he indicado, cada edad vive una semana santa diferente y ahora me toca hacerlo así. De este modo, si el centro del universo en mis primeros años de vida fue la lengua, después el oído y la vista, ahora lo es la entrepierna. Y no puedo hacerlo, como no lo hice antes, de otra forma. Me resulta conmovedor estar en la supuesta modernidad del llamado s. XXI y seguir viviendo en los límites físicos del ser humano. Que nos vendan a todos el desarrollo tecnológico como un avance cuando simplemente se trata de unos adornos más a nuestra pobre condición de mortales.
Cada día de la semana dejo a mi abuela en las sillas de la Alameda y con el itinerario al alcance de la mano busco uno a uno todos los tronos que salen ese día. Cuanto más estrecha sea la calle, mejor. Cuanto más grande el trono, mejor aún. Me he dado cuenta de que ya no conozco los tronos por las imágenes que portan sino por las túnicas de los hombres de trono. Voy sacando fotos, trono a trono, casi varal a varal, en busca del sudor y las caras de sufrimiento; buscando la humanidad que se gesta en los vientres en cada gesto, cada mano que se apoya en el trono. Después llego a casa y paso las fotos al ordenador. Coloco a los hombres de trono en la pantalla y yo me desnudo. Los voy llamando uno a uno según me apetezca y ellos, a mi Amparo, acaban siendo los portadores de mi Esperanza, de mi Agonía; y en la Soledad, Señora de la O, me elevan y me transforman en su Reina de los Cielos.
Cuando tenga novio le obligaré a que se haga hermano de alguna cofradía. No quiero ir de trono en trono mucho tiempo más.
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