viernes, 20 de abril de 2012

L3, Zona Universitaria-Trinitat Nova

Barcelona se siente incómoda cuando la miras a los ojos. Esquiva las miradas, dirige la cabeza al suelo o a un libro que no le importa. Pierde sus pensamientos detrás del cristal o hace ver que no le importas. Barcelona se aburre en los desplazamientos porque no sabe vivir. Yo la miro y sonrío y soy tantas cosas a su comprensión como personas habitan en esta ciudad.

Cuando miro a las personas del metro, por la mañana o por la tarde volviendo a casa, me imagino decenas de vidas cada mañana. Y no solo la vida sino lo que soy para cada una de las personas según su actitud respecto a mis miradas impasibles, fijas e incomprensibles. Los hombres barceloneses no muestran curiosidad y al primer cruce de miradas no vuelven a fijarse en mí más; para ellos soy un enemigo más en esta jungla que es la gran ciudad y no deben dar facilidades. Hay mujeres que sí me miran y dependiendo de su edad o su actitud me imagino unas cosas u otras. Las mujeres mayores que me miran con los ojos abiertos y se sonrojan ante mi constante observación sistemática son mujeres que vienen del futuro y están haciendo una tesis doctoral sobre mi vida en Barcelona y como ya han leído este texto desde hace años quieren aparecer en él. No se atreven a hablar conmigo a pesar de su curiosidad porque les impongo respeto, con estos ojos y esta barba y esa manera de sentarme. Para las madres de familia y las chicas jóvenes soy un impulso imaginativo sin igual. Una posibilidad de amante que las mira con deseo, un novio, un padre de sus hijos, un cuerpo y una mente que las tenga en cuenta y ocupen dentro de sí un gran espacio para la memoria de su existencia, de la existencia de sí mismas en este mundo. Un saco de memoria con oídos que con el tiempo echa flores y regalos y buenas palabras. Para las videntes soy un mesías con el que llevan soñando años, para los carteristas un policía secreta que les sigue de cerca en sus acciones, para los negros una suerte de amigo, para los niños que van en carrito una lengua que sale y que entra y unos ojos que se ponen bizcos y les hace reír. Para los sudamericanos un cabrón más de estos españoles que los explotan y los masacran desde hace siete siglos, para los pobres borrachos un cerdo más en el vagón que va con ellos al matadero, para Chema su carcelero ideal de los viajes. Para todos una esperanza o un temor, un espejo de ellos mismos que les devuelve la mirada con firmeza y con ganas de polemizar, de, como hace Santo Varón, estirar la cuerda hasta que se parta para ver qué ocurre.

Cuando salgo del vagón al laberinto que son los pasillos del metro, cuando salgo al laberinto mayor que es la ciudad, ya sea yendo a casa o a la universidad, voy sonriendo mirando al frente sabiendo que no soy nada de eso, sabiendo que lo único que hago en esta vida es ser amigo de Cristian Alcaraz.

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