Era mediodía. Entonces saltó desde el balcón al vacío. En segundo lugar clavó su mirada en un punto del pavimento y acto seguido se agachó, como supe después, para quitarse las zapatillas. Primero vaciló, ahora mirando al salón, ahora a la calle. Salió al balcón de la casa y puso la foto en una silla. Las esquinas de la imagen se volvían sombras y en el diálogo entre la
foto y él la imagen se volcaba a la derecha y a la izquierda,
respectivamente. La situación pedía ya la lágrima cuando tomó con ambas manos el retrato
de una familia al completo en el que, se supone, estaba él. Dentro de la cocina abría los armarios, llenos de paquetes vacíos e instrumentos ahora inservibles. La ausencia de música era rota por los pasos, rítmicos, del hombre en el pasillo. Entraba al cuarto de baño y olía los botes de champú con verdadera devoción, al parecer estaba solo. El juego de luces y contraluces, del todo irreal, confundía más que aclaraba si era de día o de noche. Un hombre gordo en camiseta interior andaba dentro de un piso como si estuviese perdido. No había revolución posible. No sé si fue por los actores o por la historia, por el orden cronológico
de los hechos o la fotografía, pero a la mitad de la película comprendí
que aquel espacio de tiempo en deuvedé era como todos los demás en
aquel momento y, además, no dejaba de pretender serlo. Estaba sentado en el salón, desnudo, viendo una película que ya no recuerdo.
Sigues tan lúcido, tan surrealista, tan malo...
ResponderEliminarUn abrazo gigante, como de constelación.