lunes, 14 de noviembre de 2011

Señorita melancolía

La señorita melancolia se sienta en clase lejos de mí. Tengo que decir que es muy hermosa y con apariencia triste, como de inmortal. Mira poco y mira mal; deberían cruzarse con ella para saber lo que digo. La señorita melancolía me sonríe con la cabeza apoyada sobre el puño cerrado, pero solo una vez. Yo soy un simple mortal. Viste una gabardina de color amarillo. A través de las ventanas se puede ver la lluvia. Creo que ella ha visto llover mucho más desde otros lugares y en otro tiempo. Me gusta pensar que fue amante de muchos hombres y que ya no se acuerda; de la misma manera por la que tampoco sabe que es mi amante.

Por las mañanas se levanta temprano y toma café. Cuando lo hace, piensa en su ciudad, piensa en las personas que echa de menos, porque la señorita melancolía es francesa y está lejos de su hogar. Se desnuda delante del espejo y se mira la piel blanca que le cubre el cuerpo. Canta canciones en español que son de color gris y se prueba un montón de ropa. Cuando hace sol se viste de colores vivos; elige colores apagados para los días nublados. Yo sé que piensa en mí cuando se viste, yo sé que ella espera un día hablarme muy despacio y decirme algo como 'mi amor'. Espera que un día de lluvia no tenga que sonreir en clase y yo le pase un brazo por encima mientras está dormida.

Aunque tengo también otros ojos cuando la miro. Yo me la imagino sentada bajo un árbol como un mono, pero un mono con el estómago lleno de hormigas. Un mono que reflexiona sobre una ciudad llena de casas azules y grises que siempre tienen el suelo y los tejados mojados. Una ciudad que no tiene principio ni final a sus ojos. Un laberinto lleno de gente. Un lugar donde nadie dice nada que pueda ser una respuesta a sus preguntas.

¿Qué pensará de mí? Emilia explica que los diccionarios del siglo XIX suponen una revolución en la lexicografía. Yo sigo tomando apuntes y todos estos pensamientos se van con el agua de lluvia. La señorita melancolía no me vuelve a mirar en lo que queda de clase.

Miss Mélancolie

Miss Mélancolie siège en classe loin de moi. Je dois dire qu'il semble très belle et triste, comme immortel. Regarde et vois peu de mal, devrait franchir avec elle pour savoir ce que je veux dire. Miss Mélancolie sourit avec sa tête appuyée sur son poing, mais seulement une fois. Je suis un simple mortel. Elle porte un imperméable beige. A travers les fenêtres, nous pouvons voir la pluie. Je pense qu'elle a plu plus d'autres endroits et à d'autres moments. Je veux imaginer qu'elle était la maîtresse de beaucoup d'hommes et de ne plus se souvenir, et ne connaît qui est mon amant.

Dans la matinée, se lever tôt et boire du café. Elle pense à sa ville, elle pense que les gens manquent, parce que Miss Mélancolie est française et est loin de chez eux. Elle se déshabille devant le miroir et voir la peau blanche couvrant son corps. Chantez des chansons en espagnol qui sont gris et testé plusieurs pièces de vêtements. Les jours ensoleillés, elle s'habille de couleurs vives, elle choisit des couleurs douces pour les jours nuageux. Je sais qu'elle pense à moi quand elle le vit, je sais qu'elle espère un jour parler lentement et dites-moi quelque chose comme 'mon amour'. Elle espère qu'un jour de pluie n'a pas de sourire dans la classe et je passerai par-dessus un bras pendant qu'elle dort.

Je le vois également avec des yeux différents. Je l'imagine assis sous un arbre comme un singe, mais un singe avec un ventre plein de fourmis. Je l'imagine comme un singe qui réfléchit sur une ville. Une ville pleine de maisons bleues et grises qui a toujours le sol et la pluie du toit. Une ville qui n'a ni commencement ni fin à ses yeux. Un labyrinthe plein de gens. Un endroit où personne ne dit rien qui pourrait être une réponse à ses questions.

Que va t-elle penser de moi?
Emilie explique que les dictionnaires du XIXe siècle représentent une véritable révolution en matière de lexicographie. Je continue en prenant des notes et toutes ces pensées vont à la pluie. Miss Mélancolie ne me regarde pas durant reste classe.


viernes, 11 de noviembre de 2011

Búnker de El Carmel

Pienso en el Abraham fallido. Voy camino de la versión barcelonesa de Monte Victoria. Tarareo 'My way', versión de Elvis. ¿O no? También anda por mis labios 'Seronda', de Nacho Vegas. Camino y camino, busco la calle clave; estoy en El Carmel. 'Yo ya he estado aquí, Marsé me trajo de la mano'. Los amores de aquel verano, el Pijoaparte, charnego, malagueño como yo, aunque de la serranía. Los pasos se vuelven abruptos, lejos de cualquier civilización: al borde del búnker espera, desde hace bastante tiempo, Barcelona. 'Welcome to the jungle, chaval'.

El concierto de Explosions in the Sky fue una pasada. Dos horas con los pelos de punta en un teatro de cuando Perry Mason era estudiante de Derecho. Hubiese soñado desde hace varios años presenciar algo así y lo conseguí. Antes de que comenzase el concierto, la forma de la construcción me sugirió una frase: Barcelona es un teatro que tiene las piernas abiertas con el sexo tan rojo como el telón de fondo. Álejandro Caña y sus chicas. A decir verdad, hubiese pagado mucho más por ese concierto. 'Buenas noches, Barcelona. No sé hablar mucho español, así que empezemos'. La escena entera se volcó en los recuerdos, en Málaga. Otra frase cruzada, en este caso, soñada: 'En la soledad de la memoria me pierdo'. ¿Ulises? El 206 bajando de los cielos hasta llegar a La Goleta, atravesando El Molinillo de la abuela y subir por calle Ferrándiz. Todo no ha hecho más que comenzar. La música marca el ritmo del coche, como cuando entonces; El Morlaco y el fotolog, la inspiración que se gesta detrás de las curvas del Limonar, de El Cerrado Calderón. Los paseos eternos, los descubrimientos. La compañía no fue siempre un problema, como en el teatro, no pasaba nada si me iba solo. 'Joder', escucho; yo derrapo en el Alto de Parque Clavero y me doy cuenta de que entre Nacho y Adrián de la Rosa hemos instaurado un sistema propio de nombres para designar las calles: la rotondita, Alto de Rodeo, Parque Penumbra, Tobogán feliz, Alto de Croasa, mirador del 'Cerrao', Monte Victoria, mucho más atrás, Monte Sancho y el arroyo que salpica. La primera juventud, el mundo que se esconde detrás del volante. Subo, también, a Santopítar dejando de un lado la palmera triste del desvío y vuelvo cayendo por la Venta del Mirador. 'Ya estaba todo escrito', me digo, 'ya no hay más que el recuerdo y la posibilidad de volver, con las nuevas ruedas y las nuevas inspiraciones'. Y aunque las vea no serán las mismas porque ahora tengo unas gafas nuevas que se perdieron todas estas aventuras pero han ganado otras. La parada obligatoria en la puerta de casa Antonio. La sombra de la antena y las bolsas de plástico que nos asustan. Las luces de los coches que arrojan desnudeces a la oscuridad.


¿En qué pensaba el Arcángel que debía evitar el sacrificio? Pobre hombre. ¿Dónde está Nabokov para escribir otra Lolita? Supongo que no podía hacer aparecer ningún cordero atascado en las ramas de algún arbusto. ¡La modernidad ha sido! Sépanlo. Cambian de tercio, es decir, de canción y se me cruza otro pensamiento. La estadística. Es verdad que pensé en ir al búnker desde el concierto, porque pensé en cómo debería afrontarlo desde un punto de vista bloguero. No hay parón entre canción y canción, las empalman como cigarrillos y las queman, una detrás de otra. ¿Cómo habré llegado hasta aquí? Las mismas preguntas que con los siete lugares que seleccioné en un primer momento. Málaga es un laberinto de pensamientos humanos, un hedor de muerto que está limpio y el sudor caliente de los veranos. ¿Cuántos años llevará esto construido y cuánto habrá esperado para que llegue yo aquí? Yo he tardado veintitrés años en llegar, y de qué manera.


Vuelvo al Búnker, recuerdo, aún mejor, algunos detalles del concierto. ¿Es que nadie entiende? No creo que deba ser el único en el mundo que ha pensado que el ser humano lo único que hace es repetir patrones hasta la extenuación, y sin darse cuenta. La teoría de Darwin sobre la evolución de los animales sirve, también, para explicar el desarrollo del pensamiento humano a lo largo de los siglos (desde que el pipí es pipí). Así que un animal, antaño esbelto, puede que por las vicisitudes y necesidades se haya ido adaptando a las circunstancias eliminando ciertos 'placeres' y ventajas físicas y al final lo que nos encontramos es con una cucaracha, un piojo que ve las cosas muy grandes y sabe mucho sobre poco y nada sobre mucho. Guadalupe en clase grita despavorida: José Arcadio Buendía. La Arcadia perdida, las edades de oro y plata y bronce que ahora son barro. Tampoco es tan difícil. ¿Y los histéricos? Dejarán de existir tal y como no existieron. El consumidor del siglo XXI es un inválido emocional y que suele escribir en los periódicos. 'A un público se le puede educar, lo que no se puede hacer es corregir el mal gusto'. El hombre globalizado ve los siglos anteriores desde el conocimiento, como veo yo Barcelona desde el búnker de el Carmel o Málaga desde Monte Victoria. Tiene otro nivel, pienso. Ahora reúne y tiene la capacidad de asimilar siglos de tradición en una sola vida. Si es capaz de dar con la tecla correcta podrá seguir avanzando en las alturas de las montañas. Nunca alcanzará el cielo, si es lo que estáis pensando, es decir, como yo he pensado. Pero en esas se mueve. ¡Otra! 'Incertidumbre en nuestras vidas', que alguien responde con 'el único sentido de una vida es buscarle sentido'. Y por estadística, alguno tendrá que llegar y que pulse en el sitio correcto. Como las palomas de Skinner, como Marco Pantani subiendo Hautacam.

Ahora me siento en el suelo, quiero reconocer el skyline de la ciudad. No hay nadie aquí, estoy solo. ¿Y si me matan? ¿Qué pensaré? ¿Será un animal? ¿O será como yo? Concilio de Trento, Torre de Agbar, Sagrada Familia, Torres Mapfre, Paseo de Gracia, Ramblas, Hotel Barceló del Raval, Montjuic...Puede que me caiga y me mate yo solo. Uno menos comiendo atún de los mares. ¿Te imaginas a Teresa aquí con Manolo? Los niños jugando a tirar piedras; o mejor aún, los niños caminando, a pleno sol, por las vías de un tren que nunca pasa. La moto robada, la vida robada del Pijoaparte yendo al chalet de la playa, aún ebrio, aún con agujas en la lengua. ¡William Golding! Ese es el nombre. Y Claramunt, Montse Claramunt. El lunes me hago una foto en Muntaner, 38. Hace frío.

El concierto de Explosions terminó muy pronto. Yo creía que iba por la mitad. Los guitarristas, lo de siempre, hacían el amor con la guitarra pero el orgasmo era eterno. 'Música, esa forma extraña de tiempo'. El Málaga jugando y yo escuchando Your hand in mine. Creo que hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto en un concierto. Y las vistas de Barcelona...los textos entrecruzados, las líneas que no se cruzan. Ya mismo me voy a ir. 'Vitorio, ¿nos vamos?' Me voy al metro. 'Un segundo, que voy a ir al servicio'. La niña sacrificada no podrá ver nada de esto. Ni podrá leer. Y el Abraham fallido se las tendrá que ver con la justicia terrena.Enlace

viernes, 4 de noviembre de 2011

Bribón de Roble (muy rápido)

Hablemos hoy de Bribón de Roble. Y vamos a hablar de él en términos geográficos, es decir, como si se tratase de un territorio que el hombre explota. Vamos a hablar de él como si fuese un país y unas costumbres, un lugar que visitar, un viaje. Porque es lo que todos estáis deseando desde tiempos inmemoriales. Y, para empezar, lo mejor es hacerlo con música.

Supongamos ahora, por un momento, que alguien quiere hablar con Bribón de Roble; es decir, entra en su territorio. Lo primero que hará alguien cuando entre en su territorio es darse cuenta de lo maravilloso que es el ecosistema. Al principio, todos son bosques y caminos asfaltados o, al menos, tratados por la mano del hombre. Todo el mundo tiene coche, todos tienen la cara de Bribón de Roble pero si les preguntas, todos te indican en una dirección. Nuestro visitante, nuestro interlocutor, viaja, de un lado a otro, siguiendo las instrucciones de los espejos de Bribón. Hay carteles que también indican donde se encuentra, pero están escritos con una grafía que resulta difícil de comprender. Una vez atravesamos el primer anillo de confianza, vemos que la tierra está mucho mejor trabajada, aunque empiezan a verse montañas secas, sin vegetación, a lo lejos. Mucha gente va en la dirección contraria a la nuestra, como con prisa. El sol está siempre alto y no se ven nubes más que al oeste, donde están las dudas. Empieza a cansarse el que quiere hablar con Bribón, todo parece muy difícil y parece no encontrarlo por ningún sitio.

Aquí empieza la segunda parte: el hastío de la soledad. Nadie habla en este punto de Bribón de Roble, aunque todo esté muy trabajado y se aproveche hasta el último rincón para hacer algo. Aunque todo sea muy bonito, el objetivo del visitante no se ve cumplido, y empieza ya a tomarse, el hecho de hablar con el dueño de estos parajes, como un desafío. Muchos abandonan en este punto, creyendo no comprender, creyendo saber que están perdiendo el tiempo.Pero el que persiste y sigue yendo hacia el sur se da cuenta de que todo va a mejor: ya no hay carreteras, solo trenes que suben a lo más alto de una montaña. El paraje se ha vuelto completamente desértico. A partir de este punto, el que ha llegado, cambia el modo de pensar por completo y se toma el desafío en serio, entregándose al cien por cien, sabiendo que es una prueba dura y de la que no hay nada seguro. Empieza a maldecir la existencia de estos territorios, a enfadarse, si alguien prefiere llamarlo así, por la falta de información o la dificultad endémica que hay que pasar para llegar a hablar con Bribón de Roble.

La cuestión es que para cuando empieza la tercera parte, parece que el sol está declinando, pero no se engañen, el que se ha movido es nuestro viajero y ahora la luz viene de otro lugar, simplemente. Todo adquiere un tono más reflexivo y los ojos del resto de ocupantes del tren, que antes no habían sido más que sombras acompañando todo el camino, parecen cerrarse poco a poco, producto del cansancio. Por allí anda Santo Varón, que aprovecha los descuidos de las féminas para mirar escotes y caras sin necesidad de andarse con rodeos. Las ojeras, las líneas dis continuas, ¿a dónde van todas estas personas? Se corre el rumor de que por aquí hay minas de oro, chaval. Se necesitan trabajadores para la ciudad de las alturas.

Y entonces el camino termina y todo el mundo baja del tren, del que no he dado más detalles para no romper por completo el devenir del relato; unos van con una dirección segura, otros, como nuestro viajero inusual pregunta a los empleados que dónde pueden encontrar a Bribón de Roble y le indican, que es por allí, ¡no!, que es por aquí, y sigue un reguero de gente que acaba por mosquearle porque todos van con ansia, aunque a dormir, a hoteles y hostales y albergues que se parece terriblemente a los del Camino de Santiago; ¿entiendes ahora las letras de los carteles?, nuestro hombre empieza a leer y se de cuenta de que son citas célebres que algún otro escribió por todas partes para que a nadie se le olvidaran los buenos propósitos ni lo que supone, en la práctica, el ser consciente de determinadas cosas, así que, decepcionado enfila las calles ya oscuras, ya tenebrosas y solitarias de la llamada ciudad de las alturas en la que todo el mundo sonríe pero nadie habla, y el enfado de nuestro amigo viajero que ha tenido que pasarlas canutas para llegar aquí se termina cuando ve a Bribón de Roble y este le reconoce y le invita a una copa de un vino pardo de excelente sabor y se sienta con la mano en el mentón a escucharle todo el tiempo que sea necesario. Y es aquí cuando el viajero comprende que todo ha merecido la pena y sonríe, porque Bribón de Roble también hizo todo ese camino a la inversa y todavía no ha dejado de sonreir.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Pacman

-¡Niña Wenne!
-¿Qué dices, majadero?

Corro por unos pasillos oscuros recogiendo las pistas que alguien dejó aquí hace mucho tiempo o hace un momento. Todo esto parece un laberinto, me siento como una marioneta a la que manejan desde arriba, encontrándome a la merced de mis enemigos. Aquí no solo hay un minotauro, aquí hay cuatro minotauros de colores. "¡Corre!", escucho de lejos. A veces huyen de mí, cuando tengo en mi poder la bola mágica con la que los puedo matar. Pero luego resucitan.

Aunque el color de mi piel sea el amarillo y mi forma propia, redonda como un sol, a veces me imagino como el Cid, o como un Blade Runner contra las cuerdas cuya gabardina se va moviendo al son de los pasos de sus perseguidores. Cada vez que me encuentro encerrado tras una estrategia de los fantasmitas lo pienso, ¿habré llegado hasta aquí para morir? Tantos laberintos pasados y otros muchos destruidos; la velocidad de mis acompañantes fue siempre un problema, aunque no tanto como lo fueron mis recuerdos. ¿Qué señal es la definitiva que me va a indicar la muerte? En el ocaso del sol me vi muchas veces en Monte Victoria. Ahora estoy en Montjuic. ¿Tan lejos de casa, tan lejos de mis recuerdos? Corro en busca de otra bola de poder, mi destino me empuja a ciertos pasillos donde no encuentro nada para evitar encontrarme con mis enemigos.

¿Será la muerte como una puñalada? Ahora sí sé que voy a morir. No estoy seguro de cuál es el recuerdo que debo vivir antes para morir más tranquilo, así que sigo corriendo, me faltan pocos pasillos para acabar con el laberinto. Encuentro una bola mágica, mato a tres enemigos, ¡eso me dará más tiempo! Recuerdo aquél atardecer en Santiago, con la catedral al fondo, hablando de Pedro Páramo y otras cosas que ya no me importan. El paseo, largo paseo, por el Morlaco, mientras llovía. El Morlaco. ¿Porqué he tenido que venir tan lejos para morir? El verdadero objetivo es superar el récord. Oigo pasos detrás de mí...

-¿Qué estás murmurando?
-¿Qué?, ¿yo? Nada.
-Te estoy oyendo...tu solo te montas tus películas.
-¿Que qué? Nada estoy jugando un poco al...¡ah!, ¡no!
-¿Qué pasa?
-Que me mataron, niña Wenne.