La señorita melancolia se sienta en clase lejos de mí. Tengo que decir que es muy hermosa y con apariencia triste, como de inmortal. Mira poco y mira mal; deberían cruzarse con ella para saber lo que digo. La señorita melancolía me sonríe con la cabeza apoyada sobre el puño cerrado, pero solo una vez. Yo soy un simple mortal. Viste una gabardina de color amarillo. A través de las ventanas se puede ver la lluvia. Creo que ella ha visto llover mucho más desde otros lugares y en otro tiempo. Me gusta pensar que fue amante de muchos hombres y que ya no se acuerda; de la misma manera por la que tampoco sabe que es mi amante.
Por las mañanas se levanta temprano y toma café. Cuando lo hace, piensa en su ciudad, piensa en las personas que echa de menos, porque la señorita melancolía es francesa y está lejos de su hogar. Se desnuda delante del espejo y se mira la piel blanca que le cubre el cuerpo. Canta canciones en español que son de color gris y se prueba un montón de ropa. Cuando hace sol se viste de colores vivos; elige colores apagados para los días nublados. Yo sé que piensa en mí cuando se viste, yo sé que ella espera un día hablarme muy despacio y decirme algo como 'mi amor'. Espera que un día de lluvia no tenga que sonreir en clase y yo le pase un brazo por encima mientras está dormida.
Aunque tengo también otros ojos cuando la miro. Yo me la imagino sentada bajo un árbol como un mono, pero un mono con el estómago lleno de hormigas. Un mono que reflexiona sobre una ciudad llena de casas azules y grises que siempre tienen el suelo y los tejados mojados. Una ciudad que no tiene principio ni final a sus ojos. Un laberinto lleno de gente. Un lugar donde nadie dice nada que pueda ser una respuesta a sus preguntas.
¿Qué pensará de mí? Emilia explica que los diccionarios del siglo XIX suponen una revolución en la lexicografía. Yo sigo tomando apuntes y todos estos pensamientos se van con el agua de lluvia. La señorita melancolía no me vuelve a mirar en lo que queda de clase.
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