sábado, 29 de octubre de 2011

La paloma muerta

El día que llegó Santo Varón a Barcelona, un coche atropelló a una paloma a escasos metros de la puerta de su casa. Aunque, pensándolo bien, atropellar no es la palabra exacta. Nosotros estábamos allí, y la paloma andaba, torpe, por la calzada. Un coche iba a pasar por encima pero, en el último momento, la paloma dio un salto para salirse de la trayectoria de la rueda y, aún así, le pilló la punta de un ala. Incomprensiblemente, la paloma andó hasta el bordillo y allí fue echando la cabeza hacia delante hasta que acabó siendo un colgajo inerte de hueso y pluma. Sergio y yo nos miramos atónitos y la respuesta, unánime, fue: "por la cara". De Málaga a Vall d'Hebrón por el camino de la paloma muerta.

Como buenos ciudadanos uno de los dos, no recuerdo exactamente quien, tómo la paloma de una punta y la echó en unos jardines que había cerca. Ahora Santo la ve todos los días y me cuenta hipótesis de su lenta descomposición. La afirmación "eso es que no tiene carne apenas y por eso tarda tanto" es una de sus favoritas, aunque últimamente, y tras un mes y pico de visita diaria al monumento funerario que es la paloma, está tomando fuerza la hipótesis de que "son las plumas las que provocan que la descomposición tarde tanto", pues la paloma sigue estando, relativamente, intacta. Yo la veo de semana en semana y cada vez está menos reconocible, aunque uno no debe ser muy listo para acertar que en otro tiempo ese montón de basura fue, un día, una paloma.

Y lo que pienso siempre cuando voy en metro de vuelta a casa, ¿una señal del destino?; ¿Málaga murió para nosotros por un tiempo y la paloma resucitará el año que viene?, o ¿ es el principio del fin de nuestra estancia en Barcelona? A veces cambio la ciudad por vivir. Que todo lo que empieza tiene que acabar. Como la descomposición de nuestra sucia amiga. Conclusión: Carpe diem.

viernes, 28 de octubre de 2011

El secreto de las librerías

De vuelta a casa vi de lejos una tienda que me llamó mucho la atención. No sé si decir que fueron los colores o la luz; no sé si fue algún tipo de olor o, simplemente, una punzada de los restos de mi intuición femenina.

Al entrar, el dependiente me mira raro: "caballero, vamos a cerrar en cinco minutos". Le respondo que solo voy a mirar que venden allí y que en cinco minutos estoy fuera. Me dice que deacuerdo, y cuando camino hacia dentro oigo que cierra la puerta con llave tras de mí y empieza a llamar a otros clientes para cobrar los artículos, como si alguno de estos fuese la vida.

En un primer momento, me sorprende la cantidad tan dispare de cosas que venden aquí, pensé, tostadoras y bicicletas al lado de herramientas de albañiles que aún huelen a sudor. Entonces, al entrar en el segundo pasillo veo que hay una enorme estantería llena de libros y un cartel de 3x2 encima de todos ellos. Pienso que la calidad de los libros no debe ir muy allá, y más teniendo en cuenta que los precios que empiezo a ver sobre los lomos no llegan a los dos euros y, en algunos casos, no pasan de cincuenta céntimos. Cuando llevo vistos algo así como veinte libros, la primera en la frente: El gran Gatsby por un euro en la edición de El Mundo que hizo en el año dos mil. Sigo mirando, ahora con prisa, solo tengo cinco minutos (¡o menos!) para coger todo lo que vea con un mínimo de calidad. Le siguen otros títulos como Hamlet o Las novelas ejemplares. Corro leyendo por encima las estanterías de libros. Miro alrededor, ¿cómo puede estar esto aquí? ¡Deben estar ciegos o algo por el estilo! No puede ser que nadie se de cuenta de esta bicoca. Urdo una estrategia, hasta que no me abran la puerta para echarme no me voy. Yo sigo viendo libros aquí. Aunque me tenga que ir para sobrevivir, al fin y al cabo, ¡es como si estuviese entre un grupo de viejos amigos llenos de batallas! Caen Alicia en el país de las maravillas y Ensayo sobre la ceguera. Ya los leeré, tranquilo, lo importante es tenerlos, y más a estos precios. Hago la suma de los precios y no llega a los cinco euros.

-Caballero.
-¡¿Qué?!
-Vamos a cerrar, si puede ir pasando por caja para que le cobren...tenemos hambre.
-Voy.

Voy a caja y me cobran. El dependiente de la entrada me sigue mirando raro, como si fuese yo el que tuviera un solo ojo. "¿Tiene usted tarjeta de socio?"; "no, aquí soy Nadie", respondo sonriendo. Me equivoqué en los cálculos, se me olvidó que había una oferta de 3x2; el total no llega a cuatro euros. Me abren la puerta y paso entre dos detectores antirrobo que son de metal. ¡No pitan!, y prácticamente he robado. Siento como si los imanes palpasen con su energía la superficie de mi bolsa morada para ver qué hay en su interior, por si se les escapase algo a los ciegos dependientes que no debería salir de la tienda.

Salí a la calle e inicié, de nuevo, el viaje de vuelta a casa.

jueves, 20 de octubre de 2011

Soñador Veloz

Después de casi dos años he vuelto a soñar con leones. En un primer momento puede que este hecho no suponga más gravedad de lo que es, un sueño. Pero si ustedes supiesen lo que significa soñar con leones lo reconsiderarían en un segundo momento. Piensen cuántas veces han soñado con leones, y si recuerdan alguna, recuperen, pues, los días que vivieron cuando tuvo lugar el sueño. ¿Entienden ahora?

A decir verdad, ahora me paso soñando la mayor parte del día. A parte de lo aleatorio que pasa por mi mente en las noches, cuando estoy despierto no paro de soñar, imaginar cosas. Tengo mucho tiempo libre y el metro llega a ser de lo más inspirador. En el transcurso de ida a la Universidad he arbolado una novela de amor entre un hombre viejo y su criada, sudamericana, mucho más joven que él. A la vuelta, ya más despierto y con tres horas de literatura y su teoría aplicada a mi vida diaria, he terminado de configurar algunos aspectos de La novela de Nacho. Se sorprenderían si supiesen hasta qué punto de concretado tengo algunos aspectos prácticos. Espero que lo puedan comprobar algún día.

A lo que iba, el sueño de los leones. Empiezo a recordar el sueño cuando conduzco en ese lugar recurrente, a veces, que es la carretera entre Venta los Núñez y Almogía, donde está la casa del abuelo. Conduzco el coche nuevo de mamá y voy solo al volante. Llego a la cima de una montaña disfrutando de la conducción y, pienso, como tengo tiempo de sobra voy a pararme a ver las vistas. El mar al fondo, a la espalda; de frente montañas a lo lejos que están a la misma altura que yo. Debajo hay un valle de cultivo de muy variados y llamativos colores que oscilan entre el amarillo, naranja y verde. De repente, bajo el punto de la carretera en el que estoy asomado, aparecen dos leones que, al parecer, se están peleando. Uno es joven, vigoroso, con poco pelo en la melena y de maneras muy elegantes, seguro de sí mismo y, aunque delgado, musculado. El otro es amarillo, un amarillo grave, amarillo de oro, de bigote alcoholizado, amarillo de atardecer; es un león viejo, tosco, y aunque en la cumbre de su desarrollo vital, ya en declive. Ambos leones están encadenados entre sí y no pueden huir el uno del otro, por lo tanto, pelean a muerte. Mi primer pensamiento al ver semejante espectáculo fue: ¿quién alimenta a estos animales? Aquí no hay presas de suficiente calibre como para saciar el hambre de un león de este tipo. En un momento determinado, el león viejo tropieza y el joven le muerde en el cuello. La sangre empieza a salir a borbotones y el león es incapaz de levantarse. El león joven comienza, estando aún viva la víctima, a comerle una de las patas, donde está el otro extremo de la cadena. La sangre del león, supongo, ya fallecido llega hasta un riachuelo que pasa cerca. Cuando queda liberado, el león joven comienza a correr dirección a la carretera, buscándome. Yo me meto en el coche, asustado, pensando en contarle lo sucedido a mamá o papá, pensando aún en el río, ahora rojo, que acababa de ver. Arranco y me voy, dejo el león atrás, que se queda mirándome como pareciendo no comprender.

Conduciendo, aún alterado, escucho música. Cuando llego a casa del abuelo, reformada, estilo mejicano, descubro que hay una reunión de amigos y familiares. Todos siguen a lo suyo, yo trato de explicar lo que había pasado, ¡un león!, deíca, ¡hay un león suelto! Nadie hacía caso, todo era caos y yo no sabía explicarme o hacerme escuchar. De nuevo, me asomo al balcón del jardín y veo que abajo está el león. Te está buscando, me dice la gente. No huyas, abre la puerta y que entre, escucho de fondo. Yo me senté en el jardín y dejé hacer a los demás. El león entró y se sentó a mi lado. Yo estaba asustado, pero él no. Y entonces llegué. Esto es un sueño. He vuelto a soñar con leones.

Me desperté, desayuné y me duché. Fui a la universidad y hablé por primera vez con dos o tres compañeros de Literatura (G7). Le gasté un par de bromas a Inés y sonrió después de varios días. Entre clase y clase pensé qué hacer con el dinero del mes que viene y las cosas que iba a hacer durante el fin de semana. Eché de menos a alguien y sonreí. Espero que entiendan ahora porqué es bueno soñar ese tipo de cosas. Si me llamase Sergio Villalobos no sería Santo Varón, sino Soñador Veloz.

domingo, 16 de octubre de 2011

Perspectivismo

Podría haber llenado la pizarra de citas célebres varias veces por cada clase. No importa que el tamaño de las letras en el encerado fuese del 14 o el 32 (Times New Roman, se entiende). En Literatura (G7), los chicos son todavía precoces en la lectura y necesitan unas nociones básicas para no perderse, para no confundirse en el espeso bosque, en el intrincado laberinto de las voces humanas. Desde la literatura es mentir bien la verdad, pasando por la literatura es palabra en el tiempo; un sueño dirigido, que decía el maestro, sin olvidarnos de no existen genios sino obras maestras o hay momentos para recitar poesías y hay momentos para pelear; hasta llegar a la historia es una pesadilla de la que intento despertar- dijo Steve.

A veces me resulta conmovedor, y tremendamente aburrido. Los ejercicios perfectos de los genios donde no hay heridas mortales ni fetidez. Los ejercicios ascéticos de los críticos y sus tendencias histórico mentales que beben de otros que no se preocupan, para nada (aparentemente) de lo que puedan opinar. Cuando voy por la décima cita empiezo a caminar por otro sendero y me veo escribiendo febrilmente durante horas. Encerrarme en casa frente al ordenador para escribir historias de las que yo ya me sé el final para, finalmente, supongo, publicar y recibir elogios de unos y de otros. Un año encerrado para que vengan tres sin entrar en casa. Me veo victorioso, en la cumbre de mis pensamientos, arquitecto de intrincados mecanismos de ejecución lógica que los lectores usarían para comprender, o no, mejor el mundo. El ascensor, el ruido de las llaves. La épica del hombre moderno, la soledad y la anacronía (no necesariamente por este orden cronológico, aunque sí de importancia). Para entonces ya sumo otra cita en la pizarra, y esta es propia aunque plagiada, el mundo es un todo formado por diferentes partes. ¿Cómo habré llegado hasta aquí? Marcelino se esfuerza con bromas. Parece que no todos comprenden.

Entonces recuerdo que hay otras formas de hacer homenajes (apuntar para la novela del Tour). Miro por la ventana y veo de nuevo el castaño que mueve las hojas a cámara lenta. Un hombre que está amarrado en el tronco con la mano en la cara, pensando, dubitativo. Las hojas que empiezan a marchitarse, como el verano, y a caer y llenar las escaleras y los pensamientos de hojarasca. Y el tiempo que pasa desde que las hojas nacen, crecen, maduran y se marchitan. Si los árboles gritaran de dolor cuando los cortan de algún modo, ¿los vegetarianos serían asesinos? No estoy seguro. Y el castaño mueve, de nuevo, las hojas a cámara lenta y yo pienso, también, de un modo menos rápido.

La clase ríe. Presto atención un par de minutos y, ¡voilá!, una novela, para no recuerdo qué tendencia crítica, es un automóvil en el que el conductor es el escritor, los pasajeros los lectores, y el paisaje que se ve tras los cristales lo que nos quiere enseñar el autor. Y recuerdo un texto escrito para clase de Pilar sobre el transporte público que derivé, precisamente, de ese modo. ¿Perspectivismo innato? Me corrijo de nuevo, amigo: adquirido tras 11 años de siglo XXI. A fin de cuentas, lo anacrónico e intemporal de Chema no es más que un piso más arriba en la historia reciente de occidente. Menuda estafa. Lo de las citas, digo.

PD: Una más, la última: si la fotografía llegó a tiempo para salvar a la pintura de la literatura (Picasso dixit), el cine llegó a tiempo para salvar a la literatura de la imagen.

martes, 4 de octubre de 2011

Santo Varón

He conocido, por fin en el imaginario particular, a Santo Varón. Un hombre notorio por su carácter vicioso e inmoderado. A veces no cae bien, a veces, sino siempre, es un bocazas que dice lo que no tiene que decir en los momentos más inoportunos. Las bromas de mal gusto, al más puro estilo YogurConejo, sobrecogen corazones y reciben exclamaciones.

Santo Varón es un fetichista de los pelos. Sí. Hay pelos del cuerpo que le gustan más, y otros que le gustan menos. Empecemos desde abajo. El vello que crece del ombligo hacia abajo no merecen el mínimo interés: en los dedos de los pies crecen tres pelos mal contados que no merecen atención y están siempre cerca del suelo; los de las piernas, aunque pocos, son morralla, largos, finos y muy numerosos, sin ningún tipo de interés cultural; y el púbico es demasiado obvio, con demasiadas connotaciones ajenas a su propio devenir, es decir, el sexo. Como en la barriga, el pecho y la espalda no tiene, podemos pasar directamente al pelo de los sobacos: zafios y de malgusto, solo sirven para ser cortados de vez en cuando. Ahora eso sí, los pelos de la barba se acercan más al ideal de vello que persigue Santo Varón, cuando están cortos son una delicia y, una vez arrancados, puedes pasártelo por los labios y sentir el ligero toque de un robusto pelo, acto que nuestro hombre odia y ama con toda su alma. Pero si hubiese un pelo perfecto, un pelo que cumple todas las expectativas que uno puede esperar de un pelo, ese es el pelo que crece dentro de la nariz. Santo Varón se deleita cuando uno sale por las aletas un milímetro. Lo arranca, que no lo corta (¡sacrilegio mayor!), y, aunque estornude, lo chupa, lo mira, se lo pasa por los labios y se queda embelesado con las cosquillas que puede proporcionarle en esa, y otras zonas de su cuerpo.

Pero si hablamos de Santo Varón en su plenitud, no podemos hablar de otra cosa que no sea sexo. Si en su lugar de origen ya mostraba maneras de un gran donjuán, según me contaba en sus mútliples cartas, emails, mensajes al facebook y llamadas telefónicas, aquí en Barcelona el ave que se había ido gestando, encontró grandes espacios para liberar las alas y probar las estrategias desarrolladas previamente, pero ahora en grandes superficies. De la Kalúa de Teatinos pasamos a la parada de Urgell; del Morlaco a las plazas de toros que parecen paradas de metro. La máxima de nuevos planes, idénticas estrategias llevada al extremo.

El afán de actividad que mueve el corazón de Santo no es otra que la necesidad de búsqueda. El sentido de una vida que no tiene sentido es buscar una dirección. Y eso, nuestro compañero, lo sabe muy bien. A pesar de que se equivoca cuando compra y no tiene medida para la comida y de repente aparece en casa con un kilo de pimientos, busca la manera de gastarlos para no tirar nada a la basura. A pesar de que trata a todos con cierto desdén, considero que esa posición no es más que una pose, un muro de defensa ante una realidad que puede dañar las partes más blandas. Como se defiende el ermitaño en diferentes conchas a lo largo de su vida, Santo Varón utiliza, a veces, las palabras. A muchos les sienta mal, pero no se han parado a comprender nada, ni siquiera a ellos mismos.

Y habrá muchas historias que contar, estoy seguro. Lo que pueda, lo transcribiré aquí, torpemente. Los sueños, los paseos, las luces y los barrios atravesados por las chicas. Las chicas. Las mujeres que traen loco, excitado, imparable, a Santo varón.