viernes, 28 de octubre de 2011

El secreto de las librerías

De vuelta a casa vi de lejos una tienda que me llamó mucho la atención. No sé si decir que fueron los colores o la luz; no sé si fue algún tipo de olor o, simplemente, una punzada de los restos de mi intuición femenina.

Al entrar, el dependiente me mira raro: "caballero, vamos a cerrar en cinco minutos". Le respondo que solo voy a mirar que venden allí y que en cinco minutos estoy fuera. Me dice que deacuerdo, y cuando camino hacia dentro oigo que cierra la puerta con llave tras de mí y empieza a llamar a otros clientes para cobrar los artículos, como si alguno de estos fuese la vida.

En un primer momento, me sorprende la cantidad tan dispare de cosas que venden aquí, pensé, tostadoras y bicicletas al lado de herramientas de albañiles que aún huelen a sudor. Entonces, al entrar en el segundo pasillo veo que hay una enorme estantería llena de libros y un cartel de 3x2 encima de todos ellos. Pienso que la calidad de los libros no debe ir muy allá, y más teniendo en cuenta que los precios que empiezo a ver sobre los lomos no llegan a los dos euros y, en algunos casos, no pasan de cincuenta céntimos. Cuando llevo vistos algo así como veinte libros, la primera en la frente: El gran Gatsby por un euro en la edición de El Mundo que hizo en el año dos mil. Sigo mirando, ahora con prisa, solo tengo cinco minutos (¡o menos!) para coger todo lo que vea con un mínimo de calidad. Le siguen otros títulos como Hamlet o Las novelas ejemplares. Corro leyendo por encima las estanterías de libros. Miro alrededor, ¿cómo puede estar esto aquí? ¡Deben estar ciegos o algo por el estilo! No puede ser que nadie se de cuenta de esta bicoca. Urdo una estrategia, hasta que no me abran la puerta para echarme no me voy. Yo sigo viendo libros aquí. Aunque me tenga que ir para sobrevivir, al fin y al cabo, ¡es como si estuviese entre un grupo de viejos amigos llenos de batallas! Caen Alicia en el país de las maravillas y Ensayo sobre la ceguera. Ya los leeré, tranquilo, lo importante es tenerlos, y más a estos precios. Hago la suma de los precios y no llega a los cinco euros.

-Caballero.
-¡¿Qué?!
-Vamos a cerrar, si puede ir pasando por caja para que le cobren...tenemos hambre.
-Voy.

Voy a caja y me cobran. El dependiente de la entrada me sigue mirando raro, como si fuese yo el que tuviera un solo ojo. "¿Tiene usted tarjeta de socio?"; "no, aquí soy Nadie", respondo sonriendo. Me equivoqué en los cálculos, se me olvidó que había una oferta de 3x2; el total no llega a cuatro euros. Me abren la puerta y paso entre dos detectores antirrobo que son de metal. ¡No pitan!, y prácticamente he robado. Siento como si los imanes palpasen con su energía la superficie de mi bolsa morada para ver qué hay en su interior, por si se les escapase algo a los ciegos dependientes que no debería salir de la tienda.

Salí a la calle e inicié, de nuevo, el viaje de vuelta a casa.

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