jueves, 20 de octubre de 2011

Soñador Veloz

Después de casi dos años he vuelto a soñar con leones. En un primer momento puede que este hecho no suponga más gravedad de lo que es, un sueño. Pero si ustedes supiesen lo que significa soñar con leones lo reconsiderarían en un segundo momento. Piensen cuántas veces han soñado con leones, y si recuerdan alguna, recuperen, pues, los días que vivieron cuando tuvo lugar el sueño. ¿Entienden ahora?

A decir verdad, ahora me paso soñando la mayor parte del día. A parte de lo aleatorio que pasa por mi mente en las noches, cuando estoy despierto no paro de soñar, imaginar cosas. Tengo mucho tiempo libre y el metro llega a ser de lo más inspirador. En el transcurso de ida a la Universidad he arbolado una novela de amor entre un hombre viejo y su criada, sudamericana, mucho más joven que él. A la vuelta, ya más despierto y con tres horas de literatura y su teoría aplicada a mi vida diaria, he terminado de configurar algunos aspectos de La novela de Nacho. Se sorprenderían si supiesen hasta qué punto de concretado tengo algunos aspectos prácticos. Espero que lo puedan comprobar algún día.

A lo que iba, el sueño de los leones. Empiezo a recordar el sueño cuando conduzco en ese lugar recurrente, a veces, que es la carretera entre Venta los Núñez y Almogía, donde está la casa del abuelo. Conduzco el coche nuevo de mamá y voy solo al volante. Llego a la cima de una montaña disfrutando de la conducción y, pienso, como tengo tiempo de sobra voy a pararme a ver las vistas. El mar al fondo, a la espalda; de frente montañas a lo lejos que están a la misma altura que yo. Debajo hay un valle de cultivo de muy variados y llamativos colores que oscilan entre el amarillo, naranja y verde. De repente, bajo el punto de la carretera en el que estoy asomado, aparecen dos leones que, al parecer, se están peleando. Uno es joven, vigoroso, con poco pelo en la melena y de maneras muy elegantes, seguro de sí mismo y, aunque delgado, musculado. El otro es amarillo, un amarillo grave, amarillo de oro, de bigote alcoholizado, amarillo de atardecer; es un león viejo, tosco, y aunque en la cumbre de su desarrollo vital, ya en declive. Ambos leones están encadenados entre sí y no pueden huir el uno del otro, por lo tanto, pelean a muerte. Mi primer pensamiento al ver semejante espectáculo fue: ¿quién alimenta a estos animales? Aquí no hay presas de suficiente calibre como para saciar el hambre de un león de este tipo. En un momento determinado, el león viejo tropieza y el joven le muerde en el cuello. La sangre empieza a salir a borbotones y el león es incapaz de levantarse. El león joven comienza, estando aún viva la víctima, a comerle una de las patas, donde está el otro extremo de la cadena. La sangre del león, supongo, ya fallecido llega hasta un riachuelo que pasa cerca. Cuando queda liberado, el león joven comienza a correr dirección a la carretera, buscándome. Yo me meto en el coche, asustado, pensando en contarle lo sucedido a mamá o papá, pensando aún en el río, ahora rojo, que acababa de ver. Arranco y me voy, dejo el león atrás, que se queda mirándome como pareciendo no comprender.

Conduciendo, aún alterado, escucho música. Cuando llego a casa del abuelo, reformada, estilo mejicano, descubro que hay una reunión de amigos y familiares. Todos siguen a lo suyo, yo trato de explicar lo que había pasado, ¡un león!, deíca, ¡hay un león suelto! Nadie hacía caso, todo era caos y yo no sabía explicarme o hacerme escuchar. De nuevo, me asomo al balcón del jardín y veo que abajo está el león. Te está buscando, me dice la gente. No huyas, abre la puerta y que entre, escucho de fondo. Yo me senté en el jardín y dejé hacer a los demás. El león entró y se sentó a mi lado. Yo estaba asustado, pero él no. Y entonces llegué. Esto es un sueño. He vuelto a soñar con leones.

Me desperté, desayuné y me duché. Fui a la universidad y hablé por primera vez con dos o tres compañeros de Literatura (G7). Le gasté un par de bromas a Inés y sonrió después de varios días. Entre clase y clase pensé qué hacer con el dinero del mes que viene y las cosas que iba a hacer durante el fin de semana. Eché de menos a alguien y sonreí. Espero que entiendan ahora porqué es bueno soñar ese tipo de cosas. Si me llamase Sergio Villalobos no sería Santo Varón, sino Soñador Veloz.

1 comentario:

  1. Un sueño curioso pero manido hasta el momento en el que llega(s) a la casa, ahí el suelo adquiere un volumen vertiginoso. Y el final culmina el ascenso, antisoñador veloz.

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