viernes, 4 de noviembre de 2011

Bribón de Roble (muy rápido)

Hablemos hoy de Bribón de Roble. Y vamos a hablar de él en términos geográficos, es decir, como si se tratase de un territorio que el hombre explota. Vamos a hablar de él como si fuese un país y unas costumbres, un lugar que visitar, un viaje. Porque es lo que todos estáis deseando desde tiempos inmemoriales. Y, para empezar, lo mejor es hacerlo con música.

Supongamos ahora, por un momento, que alguien quiere hablar con Bribón de Roble; es decir, entra en su territorio. Lo primero que hará alguien cuando entre en su territorio es darse cuenta de lo maravilloso que es el ecosistema. Al principio, todos son bosques y caminos asfaltados o, al menos, tratados por la mano del hombre. Todo el mundo tiene coche, todos tienen la cara de Bribón de Roble pero si les preguntas, todos te indican en una dirección. Nuestro visitante, nuestro interlocutor, viaja, de un lado a otro, siguiendo las instrucciones de los espejos de Bribón. Hay carteles que también indican donde se encuentra, pero están escritos con una grafía que resulta difícil de comprender. Una vez atravesamos el primer anillo de confianza, vemos que la tierra está mucho mejor trabajada, aunque empiezan a verse montañas secas, sin vegetación, a lo lejos. Mucha gente va en la dirección contraria a la nuestra, como con prisa. El sol está siempre alto y no se ven nubes más que al oeste, donde están las dudas. Empieza a cansarse el que quiere hablar con Bribón, todo parece muy difícil y parece no encontrarlo por ningún sitio.

Aquí empieza la segunda parte: el hastío de la soledad. Nadie habla en este punto de Bribón de Roble, aunque todo esté muy trabajado y se aproveche hasta el último rincón para hacer algo. Aunque todo sea muy bonito, el objetivo del visitante no se ve cumplido, y empieza ya a tomarse, el hecho de hablar con el dueño de estos parajes, como un desafío. Muchos abandonan en este punto, creyendo no comprender, creyendo saber que están perdiendo el tiempo.Pero el que persiste y sigue yendo hacia el sur se da cuenta de que todo va a mejor: ya no hay carreteras, solo trenes que suben a lo más alto de una montaña. El paraje se ha vuelto completamente desértico. A partir de este punto, el que ha llegado, cambia el modo de pensar por completo y se toma el desafío en serio, entregándose al cien por cien, sabiendo que es una prueba dura y de la que no hay nada seguro. Empieza a maldecir la existencia de estos territorios, a enfadarse, si alguien prefiere llamarlo así, por la falta de información o la dificultad endémica que hay que pasar para llegar a hablar con Bribón de Roble.

La cuestión es que para cuando empieza la tercera parte, parece que el sol está declinando, pero no se engañen, el que se ha movido es nuestro viajero y ahora la luz viene de otro lugar, simplemente. Todo adquiere un tono más reflexivo y los ojos del resto de ocupantes del tren, que antes no habían sido más que sombras acompañando todo el camino, parecen cerrarse poco a poco, producto del cansancio. Por allí anda Santo Varón, que aprovecha los descuidos de las féminas para mirar escotes y caras sin necesidad de andarse con rodeos. Las ojeras, las líneas dis continuas, ¿a dónde van todas estas personas? Se corre el rumor de que por aquí hay minas de oro, chaval. Se necesitan trabajadores para la ciudad de las alturas.

Y entonces el camino termina y todo el mundo baja del tren, del que no he dado más detalles para no romper por completo el devenir del relato; unos van con una dirección segura, otros, como nuestro viajero inusual pregunta a los empleados que dónde pueden encontrar a Bribón de Roble y le indican, que es por allí, ¡no!, que es por aquí, y sigue un reguero de gente que acaba por mosquearle porque todos van con ansia, aunque a dormir, a hoteles y hostales y albergues que se parece terriblemente a los del Camino de Santiago; ¿entiendes ahora las letras de los carteles?, nuestro hombre empieza a leer y se de cuenta de que son citas célebres que algún otro escribió por todas partes para que a nadie se le olvidaran los buenos propósitos ni lo que supone, en la práctica, el ser consciente de determinadas cosas, así que, decepcionado enfila las calles ya oscuras, ya tenebrosas y solitarias de la llamada ciudad de las alturas en la que todo el mundo sonríe pero nadie habla, y el enfado de nuestro amigo viajero que ha tenido que pasarlas canutas para llegar aquí se termina cuando ve a Bribón de Roble y este le reconoce y le invita a una copa de un vino pardo de excelente sabor y se sienta con la mano en el mentón a escucharle todo el tiempo que sea necesario. Y es aquí cuando el viajero comprende que todo ha merecido la pena y sonríe, porque Bribón de Roble también hizo todo ese camino a la inversa y todavía no ha dejado de sonreir.

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