sábado, 17 de diciembre de 2011

Solitario

Quiero jugar al solitario, pienso en clase. Ya estoy aburrido de escuchar cualquier cosa; estoy magníficamente satisfecho de lo aprendido hoy, de lo aprendido a lo largo de estos meses; ahora estoy muy cansado. Luis está explicando algunos hechos sorprendentes de alguna obra de teatro de principios de siglo. Tomo notas. Miro el reloj. Quiero jugar al solitario. ¿Cómo se escribe 'bululú'? Sigo pensando en qué hacer durante el tiempo que me queda libre antes de volver a Málaga. Vuelvo a mirar el reloj. Decido ausentarme mentalmente.

Cuando vuelvo a ser consciente de algo, estoy esperando al metro. Busco el reloj para mirar cuánto falta para que llegue el tren. No hay reloj, ¿dónde está? Me levanto y me doy cuenta de que, sin quererlo, me había sentado justo debajo y desde esa posición me era imposible verlo. Me muevo en el andén para verlo mejor, pero me vuelvo a sentar debajo: me siento seguro bajo su protección. Apoyado sobre las rodillas pienso en cómo sería ver el andén, concentrado en dos minutos, dos cientos años a partir de ese instante. Me subo y tengo suerte, hay asientos libres.

Cuando me bajo en Bac de Roda, me quedo mirando como pasa el tren y se marcha camino de Sant Martí. Miro la hora en el móvil. Hay tiempo. ¿Tiempo de qué? Llego a casa y, cuando me ven desde dentro, una chica se levanta para abrirme la puerta. Me sonríe. Yo sé que es lo que piensa y sé, que aunque parezca mucho más joven, tiene en realidad muchos años de tradición. Está sentada con alguna de sus amigas jugando a las cartas. No me quitan ojo y cuchichean entre ellas mientras viene el ascensor. '¿A qué estáis jugando?', pregunto. 'A la brisca, ¿quieres jugar?'. Respondo que no elegantemente, aludiendo que tengo hambre y me subo en el ascensor. Cuando llego a casa cierro la puerta tras de mí: no quiero que se cuelen por ningún hueco y vengan a buscarme las chicas. Quiero jugar al solitario. Me sorprendo a mí mismo cerrando también todas las ventanas de la casa, no vaya a ser que decidan subir volando, con otros medios. Mientras se enciende el ordenador voy a regar el laurel que tengo en la terraza. Le quito un par de hojas para que se sequen y cocinar con ellas. Sé que me lo llevaré encima cuando me vaya de casa; lo he plantado yo, y según el abuelo quien planta un laurel se muere. Volviendo a la cocina me doy cuenta de que una de las chicas tenía una muy buena mano para jugar: dos reyes y una sota. ¿Tendría alguien tres ases? Personalmente prefiero tres treses, pero hace ya mucho tiempo que no juego a la brisca y estoy seguro de que se me olvidan las jugadas maestras y las estrategias definitivas.

Arranco el solitario. En la primera partida no duro ni un minuto, cuestión de estadística. Cuando estoy dentro del juego pienso en las chicas del portal y en su edad. Las alas que pueden desarrollar y lo peligrosas que pueden llegar a ser con el paso del tiempo si permeabilizan en el ánimo de una persona. ¿Quién será la victoriosa? Estoy seguro de que piensan en mí, me digo. Estoy seguro de que saben que vivo en el octavo. Incluso les resulte exitante que sea estudiante foráneo y que pase la mayor parte del tiempo solo en casa. Yo ya no recuerdo lo que es la soledad voluntaria. Ni la soledad azarosa. Ahora solo conozco la soledad forzada. La soledad del solitario que ya no tiene mucho más que pensar porque ha pensado demasiado y tiene que hablar con alguien. Tal vez esté equivocado, pienso. Es más, seguro que estoy equivocado a los ojos de los demás. Todas esas teorías del deseo y de la soledad, esos pensamientos acerca de la melancolía. Los héroes clásicos que han ido a pasearse por El Corte Inglés. Cuando gano la primera partida me levanto de la silla y salgo de la habitación. Me vuelvo a perder por la casa para ver si llego a un rincón en el que no había estado antes. Creo que ya es momento de quedarme sin lugares.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Señorita melancolía

La señorita melancolia se sienta en clase lejos de mí. Tengo que decir que es muy hermosa y con apariencia triste, como de inmortal. Mira poco y mira mal; deberían cruzarse con ella para saber lo que digo. La señorita melancolía me sonríe con la cabeza apoyada sobre el puño cerrado, pero solo una vez. Yo soy un simple mortal. Viste una gabardina de color amarillo. A través de las ventanas se puede ver la lluvia. Creo que ella ha visto llover mucho más desde otros lugares y en otro tiempo. Me gusta pensar que fue amante de muchos hombres y que ya no se acuerda; de la misma manera por la que tampoco sabe que es mi amante.

Por las mañanas se levanta temprano y toma café. Cuando lo hace, piensa en su ciudad, piensa en las personas que echa de menos, porque la señorita melancolía es francesa y está lejos de su hogar. Se desnuda delante del espejo y se mira la piel blanca que le cubre el cuerpo. Canta canciones en español que son de color gris y se prueba un montón de ropa. Cuando hace sol se viste de colores vivos; elige colores apagados para los días nublados. Yo sé que piensa en mí cuando se viste, yo sé que ella espera un día hablarme muy despacio y decirme algo como 'mi amor'. Espera que un día de lluvia no tenga que sonreir en clase y yo le pase un brazo por encima mientras está dormida.

Aunque tengo también otros ojos cuando la miro. Yo me la imagino sentada bajo un árbol como un mono, pero un mono con el estómago lleno de hormigas. Un mono que reflexiona sobre una ciudad llena de casas azules y grises que siempre tienen el suelo y los tejados mojados. Una ciudad que no tiene principio ni final a sus ojos. Un laberinto lleno de gente. Un lugar donde nadie dice nada que pueda ser una respuesta a sus preguntas.

¿Qué pensará de mí? Emilia explica que los diccionarios del siglo XIX suponen una revolución en la lexicografía. Yo sigo tomando apuntes y todos estos pensamientos se van con el agua de lluvia. La señorita melancolía no me vuelve a mirar en lo que queda de clase.

Miss Mélancolie

Miss Mélancolie siège en classe loin de moi. Je dois dire qu'il semble très belle et triste, comme immortel. Regarde et vois peu de mal, devrait franchir avec elle pour savoir ce que je veux dire. Miss Mélancolie sourit avec sa tête appuyée sur son poing, mais seulement une fois. Je suis un simple mortel. Elle porte un imperméable beige. A travers les fenêtres, nous pouvons voir la pluie. Je pense qu'elle a plu plus d'autres endroits et à d'autres moments. Je veux imaginer qu'elle était la maîtresse de beaucoup d'hommes et de ne plus se souvenir, et ne connaît qui est mon amant.

Dans la matinée, se lever tôt et boire du café. Elle pense à sa ville, elle pense que les gens manquent, parce que Miss Mélancolie est française et est loin de chez eux. Elle se déshabille devant le miroir et voir la peau blanche couvrant son corps. Chantez des chansons en espagnol qui sont gris et testé plusieurs pièces de vêtements. Les jours ensoleillés, elle s'habille de couleurs vives, elle choisit des couleurs douces pour les jours nuageux. Je sais qu'elle pense à moi quand elle le vit, je sais qu'elle espère un jour parler lentement et dites-moi quelque chose comme 'mon amour'. Elle espère qu'un jour de pluie n'a pas de sourire dans la classe et je passerai par-dessus un bras pendant qu'elle dort.

Je le vois également avec des yeux différents. Je l'imagine assis sous un arbre comme un singe, mais un singe avec un ventre plein de fourmis. Je l'imagine comme un singe qui réfléchit sur une ville. Une ville pleine de maisons bleues et grises qui a toujours le sol et la pluie du toit. Une ville qui n'a ni commencement ni fin à ses yeux. Un labyrinthe plein de gens. Un endroit où personne ne dit rien qui pourrait être une réponse à ses questions.

Que va t-elle penser de moi?
Emilie explique que les dictionnaires du XIXe siècle représentent une véritable révolution en matière de lexicographie. Je continue en prenant des notes et toutes ces pensées vont à la pluie. Miss Mélancolie ne me regarde pas durant reste classe.


viernes, 11 de noviembre de 2011

Búnker de El Carmel

Pienso en el Abraham fallido. Voy camino de la versión barcelonesa de Monte Victoria. Tarareo 'My way', versión de Elvis. ¿O no? También anda por mis labios 'Seronda', de Nacho Vegas. Camino y camino, busco la calle clave; estoy en El Carmel. 'Yo ya he estado aquí, Marsé me trajo de la mano'. Los amores de aquel verano, el Pijoaparte, charnego, malagueño como yo, aunque de la serranía. Los pasos se vuelven abruptos, lejos de cualquier civilización: al borde del búnker espera, desde hace bastante tiempo, Barcelona. 'Welcome to the jungle, chaval'.

El concierto de Explosions in the Sky fue una pasada. Dos horas con los pelos de punta en un teatro de cuando Perry Mason era estudiante de Derecho. Hubiese soñado desde hace varios años presenciar algo así y lo conseguí. Antes de que comenzase el concierto, la forma de la construcción me sugirió una frase: Barcelona es un teatro que tiene las piernas abiertas con el sexo tan rojo como el telón de fondo. Álejandro Caña y sus chicas. A decir verdad, hubiese pagado mucho más por ese concierto. 'Buenas noches, Barcelona. No sé hablar mucho español, así que empezemos'. La escena entera se volcó en los recuerdos, en Málaga. Otra frase cruzada, en este caso, soñada: 'En la soledad de la memoria me pierdo'. ¿Ulises? El 206 bajando de los cielos hasta llegar a La Goleta, atravesando El Molinillo de la abuela y subir por calle Ferrándiz. Todo no ha hecho más que comenzar. La música marca el ritmo del coche, como cuando entonces; El Morlaco y el fotolog, la inspiración que se gesta detrás de las curvas del Limonar, de El Cerrado Calderón. Los paseos eternos, los descubrimientos. La compañía no fue siempre un problema, como en el teatro, no pasaba nada si me iba solo. 'Joder', escucho; yo derrapo en el Alto de Parque Clavero y me doy cuenta de que entre Nacho y Adrián de la Rosa hemos instaurado un sistema propio de nombres para designar las calles: la rotondita, Alto de Rodeo, Parque Penumbra, Tobogán feliz, Alto de Croasa, mirador del 'Cerrao', Monte Victoria, mucho más atrás, Monte Sancho y el arroyo que salpica. La primera juventud, el mundo que se esconde detrás del volante. Subo, también, a Santopítar dejando de un lado la palmera triste del desvío y vuelvo cayendo por la Venta del Mirador. 'Ya estaba todo escrito', me digo, 'ya no hay más que el recuerdo y la posibilidad de volver, con las nuevas ruedas y las nuevas inspiraciones'. Y aunque las vea no serán las mismas porque ahora tengo unas gafas nuevas que se perdieron todas estas aventuras pero han ganado otras. La parada obligatoria en la puerta de casa Antonio. La sombra de la antena y las bolsas de plástico que nos asustan. Las luces de los coches que arrojan desnudeces a la oscuridad.


¿En qué pensaba el Arcángel que debía evitar el sacrificio? Pobre hombre. ¿Dónde está Nabokov para escribir otra Lolita? Supongo que no podía hacer aparecer ningún cordero atascado en las ramas de algún arbusto. ¡La modernidad ha sido! Sépanlo. Cambian de tercio, es decir, de canción y se me cruza otro pensamiento. La estadística. Es verdad que pensé en ir al búnker desde el concierto, porque pensé en cómo debería afrontarlo desde un punto de vista bloguero. No hay parón entre canción y canción, las empalman como cigarrillos y las queman, una detrás de otra. ¿Cómo habré llegado hasta aquí? Las mismas preguntas que con los siete lugares que seleccioné en un primer momento. Málaga es un laberinto de pensamientos humanos, un hedor de muerto que está limpio y el sudor caliente de los veranos. ¿Cuántos años llevará esto construido y cuánto habrá esperado para que llegue yo aquí? Yo he tardado veintitrés años en llegar, y de qué manera.


Vuelvo al Búnker, recuerdo, aún mejor, algunos detalles del concierto. ¿Es que nadie entiende? No creo que deba ser el único en el mundo que ha pensado que el ser humano lo único que hace es repetir patrones hasta la extenuación, y sin darse cuenta. La teoría de Darwin sobre la evolución de los animales sirve, también, para explicar el desarrollo del pensamiento humano a lo largo de los siglos (desde que el pipí es pipí). Así que un animal, antaño esbelto, puede que por las vicisitudes y necesidades se haya ido adaptando a las circunstancias eliminando ciertos 'placeres' y ventajas físicas y al final lo que nos encontramos es con una cucaracha, un piojo que ve las cosas muy grandes y sabe mucho sobre poco y nada sobre mucho. Guadalupe en clase grita despavorida: José Arcadio Buendía. La Arcadia perdida, las edades de oro y plata y bronce que ahora son barro. Tampoco es tan difícil. ¿Y los histéricos? Dejarán de existir tal y como no existieron. El consumidor del siglo XXI es un inválido emocional y que suele escribir en los periódicos. 'A un público se le puede educar, lo que no se puede hacer es corregir el mal gusto'. El hombre globalizado ve los siglos anteriores desde el conocimiento, como veo yo Barcelona desde el búnker de el Carmel o Málaga desde Monte Victoria. Tiene otro nivel, pienso. Ahora reúne y tiene la capacidad de asimilar siglos de tradición en una sola vida. Si es capaz de dar con la tecla correcta podrá seguir avanzando en las alturas de las montañas. Nunca alcanzará el cielo, si es lo que estáis pensando, es decir, como yo he pensado. Pero en esas se mueve. ¡Otra! 'Incertidumbre en nuestras vidas', que alguien responde con 'el único sentido de una vida es buscarle sentido'. Y por estadística, alguno tendrá que llegar y que pulse en el sitio correcto. Como las palomas de Skinner, como Marco Pantani subiendo Hautacam.

Ahora me siento en el suelo, quiero reconocer el skyline de la ciudad. No hay nadie aquí, estoy solo. ¿Y si me matan? ¿Qué pensaré? ¿Será un animal? ¿O será como yo? Concilio de Trento, Torre de Agbar, Sagrada Familia, Torres Mapfre, Paseo de Gracia, Ramblas, Hotel Barceló del Raval, Montjuic...Puede que me caiga y me mate yo solo. Uno menos comiendo atún de los mares. ¿Te imaginas a Teresa aquí con Manolo? Los niños jugando a tirar piedras; o mejor aún, los niños caminando, a pleno sol, por las vías de un tren que nunca pasa. La moto robada, la vida robada del Pijoaparte yendo al chalet de la playa, aún ebrio, aún con agujas en la lengua. ¡William Golding! Ese es el nombre. Y Claramunt, Montse Claramunt. El lunes me hago una foto en Muntaner, 38. Hace frío.

El concierto de Explosions terminó muy pronto. Yo creía que iba por la mitad. Los guitarristas, lo de siempre, hacían el amor con la guitarra pero el orgasmo era eterno. 'Música, esa forma extraña de tiempo'. El Málaga jugando y yo escuchando Your hand in mine. Creo que hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto en un concierto. Y las vistas de Barcelona...los textos entrecruzados, las líneas que no se cruzan. Ya mismo me voy a ir. 'Vitorio, ¿nos vamos?' Me voy al metro. 'Un segundo, que voy a ir al servicio'. La niña sacrificada no podrá ver nada de esto. Ni podrá leer. Y el Abraham fallido se las tendrá que ver con la justicia terrena.Enlace

viernes, 4 de noviembre de 2011

Bribón de Roble (muy rápido)

Hablemos hoy de Bribón de Roble. Y vamos a hablar de él en términos geográficos, es decir, como si se tratase de un territorio que el hombre explota. Vamos a hablar de él como si fuese un país y unas costumbres, un lugar que visitar, un viaje. Porque es lo que todos estáis deseando desde tiempos inmemoriales. Y, para empezar, lo mejor es hacerlo con música.

Supongamos ahora, por un momento, que alguien quiere hablar con Bribón de Roble; es decir, entra en su territorio. Lo primero que hará alguien cuando entre en su territorio es darse cuenta de lo maravilloso que es el ecosistema. Al principio, todos son bosques y caminos asfaltados o, al menos, tratados por la mano del hombre. Todo el mundo tiene coche, todos tienen la cara de Bribón de Roble pero si les preguntas, todos te indican en una dirección. Nuestro visitante, nuestro interlocutor, viaja, de un lado a otro, siguiendo las instrucciones de los espejos de Bribón. Hay carteles que también indican donde se encuentra, pero están escritos con una grafía que resulta difícil de comprender. Una vez atravesamos el primer anillo de confianza, vemos que la tierra está mucho mejor trabajada, aunque empiezan a verse montañas secas, sin vegetación, a lo lejos. Mucha gente va en la dirección contraria a la nuestra, como con prisa. El sol está siempre alto y no se ven nubes más que al oeste, donde están las dudas. Empieza a cansarse el que quiere hablar con Bribón, todo parece muy difícil y parece no encontrarlo por ningún sitio.

Aquí empieza la segunda parte: el hastío de la soledad. Nadie habla en este punto de Bribón de Roble, aunque todo esté muy trabajado y se aproveche hasta el último rincón para hacer algo. Aunque todo sea muy bonito, el objetivo del visitante no se ve cumplido, y empieza ya a tomarse, el hecho de hablar con el dueño de estos parajes, como un desafío. Muchos abandonan en este punto, creyendo no comprender, creyendo saber que están perdiendo el tiempo.Pero el que persiste y sigue yendo hacia el sur se da cuenta de que todo va a mejor: ya no hay carreteras, solo trenes que suben a lo más alto de una montaña. El paraje se ha vuelto completamente desértico. A partir de este punto, el que ha llegado, cambia el modo de pensar por completo y se toma el desafío en serio, entregándose al cien por cien, sabiendo que es una prueba dura y de la que no hay nada seguro. Empieza a maldecir la existencia de estos territorios, a enfadarse, si alguien prefiere llamarlo así, por la falta de información o la dificultad endémica que hay que pasar para llegar a hablar con Bribón de Roble.

La cuestión es que para cuando empieza la tercera parte, parece que el sol está declinando, pero no se engañen, el que se ha movido es nuestro viajero y ahora la luz viene de otro lugar, simplemente. Todo adquiere un tono más reflexivo y los ojos del resto de ocupantes del tren, que antes no habían sido más que sombras acompañando todo el camino, parecen cerrarse poco a poco, producto del cansancio. Por allí anda Santo Varón, que aprovecha los descuidos de las féminas para mirar escotes y caras sin necesidad de andarse con rodeos. Las ojeras, las líneas dis continuas, ¿a dónde van todas estas personas? Se corre el rumor de que por aquí hay minas de oro, chaval. Se necesitan trabajadores para la ciudad de las alturas.

Y entonces el camino termina y todo el mundo baja del tren, del que no he dado más detalles para no romper por completo el devenir del relato; unos van con una dirección segura, otros, como nuestro viajero inusual pregunta a los empleados que dónde pueden encontrar a Bribón de Roble y le indican, que es por allí, ¡no!, que es por aquí, y sigue un reguero de gente que acaba por mosquearle porque todos van con ansia, aunque a dormir, a hoteles y hostales y albergues que se parece terriblemente a los del Camino de Santiago; ¿entiendes ahora las letras de los carteles?, nuestro hombre empieza a leer y se de cuenta de que son citas célebres que algún otro escribió por todas partes para que a nadie se le olvidaran los buenos propósitos ni lo que supone, en la práctica, el ser consciente de determinadas cosas, así que, decepcionado enfila las calles ya oscuras, ya tenebrosas y solitarias de la llamada ciudad de las alturas en la que todo el mundo sonríe pero nadie habla, y el enfado de nuestro amigo viajero que ha tenido que pasarlas canutas para llegar aquí se termina cuando ve a Bribón de Roble y este le reconoce y le invita a una copa de un vino pardo de excelente sabor y se sienta con la mano en el mentón a escucharle todo el tiempo que sea necesario. Y es aquí cuando el viajero comprende que todo ha merecido la pena y sonríe, porque Bribón de Roble también hizo todo ese camino a la inversa y todavía no ha dejado de sonreir.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Pacman

-¡Niña Wenne!
-¿Qué dices, majadero?

Corro por unos pasillos oscuros recogiendo las pistas que alguien dejó aquí hace mucho tiempo o hace un momento. Todo esto parece un laberinto, me siento como una marioneta a la que manejan desde arriba, encontrándome a la merced de mis enemigos. Aquí no solo hay un minotauro, aquí hay cuatro minotauros de colores. "¡Corre!", escucho de lejos. A veces huyen de mí, cuando tengo en mi poder la bola mágica con la que los puedo matar. Pero luego resucitan.

Aunque el color de mi piel sea el amarillo y mi forma propia, redonda como un sol, a veces me imagino como el Cid, o como un Blade Runner contra las cuerdas cuya gabardina se va moviendo al son de los pasos de sus perseguidores. Cada vez que me encuentro encerrado tras una estrategia de los fantasmitas lo pienso, ¿habré llegado hasta aquí para morir? Tantos laberintos pasados y otros muchos destruidos; la velocidad de mis acompañantes fue siempre un problema, aunque no tanto como lo fueron mis recuerdos. ¿Qué señal es la definitiva que me va a indicar la muerte? En el ocaso del sol me vi muchas veces en Monte Victoria. Ahora estoy en Montjuic. ¿Tan lejos de casa, tan lejos de mis recuerdos? Corro en busca de otra bola de poder, mi destino me empuja a ciertos pasillos donde no encuentro nada para evitar encontrarme con mis enemigos.

¿Será la muerte como una puñalada? Ahora sí sé que voy a morir. No estoy seguro de cuál es el recuerdo que debo vivir antes para morir más tranquilo, así que sigo corriendo, me faltan pocos pasillos para acabar con el laberinto. Encuentro una bola mágica, mato a tres enemigos, ¡eso me dará más tiempo! Recuerdo aquél atardecer en Santiago, con la catedral al fondo, hablando de Pedro Páramo y otras cosas que ya no me importan. El paseo, largo paseo, por el Morlaco, mientras llovía. El Morlaco. ¿Porqué he tenido que venir tan lejos para morir? El verdadero objetivo es superar el récord. Oigo pasos detrás de mí...

-¿Qué estás murmurando?
-¿Qué?, ¿yo? Nada.
-Te estoy oyendo...tu solo te montas tus películas.
-¿Que qué? Nada estoy jugando un poco al...¡ah!, ¡no!
-¿Qué pasa?
-Que me mataron, niña Wenne.

sábado, 29 de octubre de 2011

La paloma muerta

El día que llegó Santo Varón a Barcelona, un coche atropelló a una paloma a escasos metros de la puerta de su casa. Aunque, pensándolo bien, atropellar no es la palabra exacta. Nosotros estábamos allí, y la paloma andaba, torpe, por la calzada. Un coche iba a pasar por encima pero, en el último momento, la paloma dio un salto para salirse de la trayectoria de la rueda y, aún así, le pilló la punta de un ala. Incomprensiblemente, la paloma andó hasta el bordillo y allí fue echando la cabeza hacia delante hasta que acabó siendo un colgajo inerte de hueso y pluma. Sergio y yo nos miramos atónitos y la respuesta, unánime, fue: "por la cara". De Málaga a Vall d'Hebrón por el camino de la paloma muerta.

Como buenos ciudadanos uno de los dos, no recuerdo exactamente quien, tómo la paloma de una punta y la echó en unos jardines que había cerca. Ahora Santo la ve todos los días y me cuenta hipótesis de su lenta descomposición. La afirmación "eso es que no tiene carne apenas y por eso tarda tanto" es una de sus favoritas, aunque últimamente, y tras un mes y pico de visita diaria al monumento funerario que es la paloma, está tomando fuerza la hipótesis de que "son las plumas las que provocan que la descomposición tarde tanto", pues la paloma sigue estando, relativamente, intacta. Yo la veo de semana en semana y cada vez está menos reconocible, aunque uno no debe ser muy listo para acertar que en otro tiempo ese montón de basura fue, un día, una paloma.

Y lo que pienso siempre cuando voy en metro de vuelta a casa, ¿una señal del destino?; ¿Málaga murió para nosotros por un tiempo y la paloma resucitará el año que viene?, o ¿ es el principio del fin de nuestra estancia en Barcelona? A veces cambio la ciudad por vivir. Que todo lo que empieza tiene que acabar. Como la descomposición de nuestra sucia amiga. Conclusión: Carpe diem.

viernes, 28 de octubre de 2011

El secreto de las librerías

De vuelta a casa vi de lejos una tienda que me llamó mucho la atención. No sé si decir que fueron los colores o la luz; no sé si fue algún tipo de olor o, simplemente, una punzada de los restos de mi intuición femenina.

Al entrar, el dependiente me mira raro: "caballero, vamos a cerrar en cinco minutos". Le respondo que solo voy a mirar que venden allí y que en cinco minutos estoy fuera. Me dice que deacuerdo, y cuando camino hacia dentro oigo que cierra la puerta con llave tras de mí y empieza a llamar a otros clientes para cobrar los artículos, como si alguno de estos fuese la vida.

En un primer momento, me sorprende la cantidad tan dispare de cosas que venden aquí, pensé, tostadoras y bicicletas al lado de herramientas de albañiles que aún huelen a sudor. Entonces, al entrar en el segundo pasillo veo que hay una enorme estantería llena de libros y un cartel de 3x2 encima de todos ellos. Pienso que la calidad de los libros no debe ir muy allá, y más teniendo en cuenta que los precios que empiezo a ver sobre los lomos no llegan a los dos euros y, en algunos casos, no pasan de cincuenta céntimos. Cuando llevo vistos algo así como veinte libros, la primera en la frente: El gran Gatsby por un euro en la edición de El Mundo que hizo en el año dos mil. Sigo mirando, ahora con prisa, solo tengo cinco minutos (¡o menos!) para coger todo lo que vea con un mínimo de calidad. Le siguen otros títulos como Hamlet o Las novelas ejemplares. Corro leyendo por encima las estanterías de libros. Miro alrededor, ¿cómo puede estar esto aquí? ¡Deben estar ciegos o algo por el estilo! No puede ser que nadie se de cuenta de esta bicoca. Urdo una estrategia, hasta que no me abran la puerta para echarme no me voy. Yo sigo viendo libros aquí. Aunque me tenga que ir para sobrevivir, al fin y al cabo, ¡es como si estuviese entre un grupo de viejos amigos llenos de batallas! Caen Alicia en el país de las maravillas y Ensayo sobre la ceguera. Ya los leeré, tranquilo, lo importante es tenerlos, y más a estos precios. Hago la suma de los precios y no llega a los cinco euros.

-Caballero.
-¡¿Qué?!
-Vamos a cerrar, si puede ir pasando por caja para que le cobren...tenemos hambre.
-Voy.

Voy a caja y me cobran. El dependiente de la entrada me sigue mirando raro, como si fuese yo el que tuviera un solo ojo. "¿Tiene usted tarjeta de socio?"; "no, aquí soy Nadie", respondo sonriendo. Me equivoqué en los cálculos, se me olvidó que había una oferta de 3x2; el total no llega a cuatro euros. Me abren la puerta y paso entre dos detectores antirrobo que son de metal. ¡No pitan!, y prácticamente he robado. Siento como si los imanes palpasen con su energía la superficie de mi bolsa morada para ver qué hay en su interior, por si se les escapase algo a los ciegos dependientes que no debería salir de la tienda.

Salí a la calle e inicié, de nuevo, el viaje de vuelta a casa.

jueves, 20 de octubre de 2011

Soñador Veloz

Después de casi dos años he vuelto a soñar con leones. En un primer momento puede que este hecho no suponga más gravedad de lo que es, un sueño. Pero si ustedes supiesen lo que significa soñar con leones lo reconsiderarían en un segundo momento. Piensen cuántas veces han soñado con leones, y si recuerdan alguna, recuperen, pues, los días que vivieron cuando tuvo lugar el sueño. ¿Entienden ahora?

A decir verdad, ahora me paso soñando la mayor parte del día. A parte de lo aleatorio que pasa por mi mente en las noches, cuando estoy despierto no paro de soñar, imaginar cosas. Tengo mucho tiempo libre y el metro llega a ser de lo más inspirador. En el transcurso de ida a la Universidad he arbolado una novela de amor entre un hombre viejo y su criada, sudamericana, mucho más joven que él. A la vuelta, ya más despierto y con tres horas de literatura y su teoría aplicada a mi vida diaria, he terminado de configurar algunos aspectos de La novela de Nacho. Se sorprenderían si supiesen hasta qué punto de concretado tengo algunos aspectos prácticos. Espero que lo puedan comprobar algún día.

A lo que iba, el sueño de los leones. Empiezo a recordar el sueño cuando conduzco en ese lugar recurrente, a veces, que es la carretera entre Venta los Núñez y Almogía, donde está la casa del abuelo. Conduzco el coche nuevo de mamá y voy solo al volante. Llego a la cima de una montaña disfrutando de la conducción y, pienso, como tengo tiempo de sobra voy a pararme a ver las vistas. El mar al fondo, a la espalda; de frente montañas a lo lejos que están a la misma altura que yo. Debajo hay un valle de cultivo de muy variados y llamativos colores que oscilan entre el amarillo, naranja y verde. De repente, bajo el punto de la carretera en el que estoy asomado, aparecen dos leones que, al parecer, se están peleando. Uno es joven, vigoroso, con poco pelo en la melena y de maneras muy elegantes, seguro de sí mismo y, aunque delgado, musculado. El otro es amarillo, un amarillo grave, amarillo de oro, de bigote alcoholizado, amarillo de atardecer; es un león viejo, tosco, y aunque en la cumbre de su desarrollo vital, ya en declive. Ambos leones están encadenados entre sí y no pueden huir el uno del otro, por lo tanto, pelean a muerte. Mi primer pensamiento al ver semejante espectáculo fue: ¿quién alimenta a estos animales? Aquí no hay presas de suficiente calibre como para saciar el hambre de un león de este tipo. En un momento determinado, el león viejo tropieza y el joven le muerde en el cuello. La sangre empieza a salir a borbotones y el león es incapaz de levantarse. El león joven comienza, estando aún viva la víctima, a comerle una de las patas, donde está el otro extremo de la cadena. La sangre del león, supongo, ya fallecido llega hasta un riachuelo que pasa cerca. Cuando queda liberado, el león joven comienza a correr dirección a la carretera, buscándome. Yo me meto en el coche, asustado, pensando en contarle lo sucedido a mamá o papá, pensando aún en el río, ahora rojo, que acababa de ver. Arranco y me voy, dejo el león atrás, que se queda mirándome como pareciendo no comprender.

Conduciendo, aún alterado, escucho música. Cuando llego a casa del abuelo, reformada, estilo mejicano, descubro que hay una reunión de amigos y familiares. Todos siguen a lo suyo, yo trato de explicar lo que había pasado, ¡un león!, deíca, ¡hay un león suelto! Nadie hacía caso, todo era caos y yo no sabía explicarme o hacerme escuchar. De nuevo, me asomo al balcón del jardín y veo que abajo está el león. Te está buscando, me dice la gente. No huyas, abre la puerta y que entre, escucho de fondo. Yo me senté en el jardín y dejé hacer a los demás. El león entró y se sentó a mi lado. Yo estaba asustado, pero él no. Y entonces llegué. Esto es un sueño. He vuelto a soñar con leones.

Me desperté, desayuné y me duché. Fui a la universidad y hablé por primera vez con dos o tres compañeros de Literatura (G7). Le gasté un par de bromas a Inés y sonrió después de varios días. Entre clase y clase pensé qué hacer con el dinero del mes que viene y las cosas que iba a hacer durante el fin de semana. Eché de menos a alguien y sonreí. Espero que entiendan ahora porqué es bueno soñar ese tipo de cosas. Si me llamase Sergio Villalobos no sería Santo Varón, sino Soñador Veloz.

domingo, 16 de octubre de 2011

Perspectivismo

Podría haber llenado la pizarra de citas célebres varias veces por cada clase. No importa que el tamaño de las letras en el encerado fuese del 14 o el 32 (Times New Roman, se entiende). En Literatura (G7), los chicos son todavía precoces en la lectura y necesitan unas nociones básicas para no perderse, para no confundirse en el espeso bosque, en el intrincado laberinto de las voces humanas. Desde la literatura es mentir bien la verdad, pasando por la literatura es palabra en el tiempo; un sueño dirigido, que decía el maestro, sin olvidarnos de no existen genios sino obras maestras o hay momentos para recitar poesías y hay momentos para pelear; hasta llegar a la historia es una pesadilla de la que intento despertar- dijo Steve.

A veces me resulta conmovedor, y tremendamente aburrido. Los ejercicios perfectos de los genios donde no hay heridas mortales ni fetidez. Los ejercicios ascéticos de los críticos y sus tendencias histórico mentales que beben de otros que no se preocupan, para nada (aparentemente) de lo que puedan opinar. Cuando voy por la décima cita empiezo a caminar por otro sendero y me veo escribiendo febrilmente durante horas. Encerrarme en casa frente al ordenador para escribir historias de las que yo ya me sé el final para, finalmente, supongo, publicar y recibir elogios de unos y de otros. Un año encerrado para que vengan tres sin entrar en casa. Me veo victorioso, en la cumbre de mis pensamientos, arquitecto de intrincados mecanismos de ejecución lógica que los lectores usarían para comprender, o no, mejor el mundo. El ascensor, el ruido de las llaves. La épica del hombre moderno, la soledad y la anacronía (no necesariamente por este orden cronológico, aunque sí de importancia). Para entonces ya sumo otra cita en la pizarra, y esta es propia aunque plagiada, el mundo es un todo formado por diferentes partes. ¿Cómo habré llegado hasta aquí? Marcelino se esfuerza con bromas. Parece que no todos comprenden.

Entonces recuerdo que hay otras formas de hacer homenajes (apuntar para la novela del Tour). Miro por la ventana y veo de nuevo el castaño que mueve las hojas a cámara lenta. Un hombre que está amarrado en el tronco con la mano en la cara, pensando, dubitativo. Las hojas que empiezan a marchitarse, como el verano, y a caer y llenar las escaleras y los pensamientos de hojarasca. Y el tiempo que pasa desde que las hojas nacen, crecen, maduran y se marchitan. Si los árboles gritaran de dolor cuando los cortan de algún modo, ¿los vegetarianos serían asesinos? No estoy seguro. Y el castaño mueve, de nuevo, las hojas a cámara lenta y yo pienso, también, de un modo menos rápido.

La clase ríe. Presto atención un par de minutos y, ¡voilá!, una novela, para no recuerdo qué tendencia crítica, es un automóvil en el que el conductor es el escritor, los pasajeros los lectores, y el paisaje que se ve tras los cristales lo que nos quiere enseñar el autor. Y recuerdo un texto escrito para clase de Pilar sobre el transporte público que derivé, precisamente, de ese modo. ¿Perspectivismo innato? Me corrijo de nuevo, amigo: adquirido tras 11 años de siglo XXI. A fin de cuentas, lo anacrónico e intemporal de Chema no es más que un piso más arriba en la historia reciente de occidente. Menuda estafa. Lo de las citas, digo.

PD: Una más, la última: si la fotografía llegó a tiempo para salvar a la pintura de la literatura (Picasso dixit), el cine llegó a tiempo para salvar a la literatura de la imagen.

martes, 4 de octubre de 2011

Santo Varón

He conocido, por fin en el imaginario particular, a Santo Varón. Un hombre notorio por su carácter vicioso e inmoderado. A veces no cae bien, a veces, sino siempre, es un bocazas que dice lo que no tiene que decir en los momentos más inoportunos. Las bromas de mal gusto, al más puro estilo YogurConejo, sobrecogen corazones y reciben exclamaciones.

Santo Varón es un fetichista de los pelos. Sí. Hay pelos del cuerpo que le gustan más, y otros que le gustan menos. Empecemos desde abajo. El vello que crece del ombligo hacia abajo no merecen el mínimo interés: en los dedos de los pies crecen tres pelos mal contados que no merecen atención y están siempre cerca del suelo; los de las piernas, aunque pocos, son morralla, largos, finos y muy numerosos, sin ningún tipo de interés cultural; y el púbico es demasiado obvio, con demasiadas connotaciones ajenas a su propio devenir, es decir, el sexo. Como en la barriga, el pecho y la espalda no tiene, podemos pasar directamente al pelo de los sobacos: zafios y de malgusto, solo sirven para ser cortados de vez en cuando. Ahora eso sí, los pelos de la barba se acercan más al ideal de vello que persigue Santo Varón, cuando están cortos son una delicia y, una vez arrancados, puedes pasártelo por los labios y sentir el ligero toque de un robusto pelo, acto que nuestro hombre odia y ama con toda su alma. Pero si hubiese un pelo perfecto, un pelo que cumple todas las expectativas que uno puede esperar de un pelo, ese es el pelo que crece dentro de la nariz. Santo Varón se deleita cuando uno sale por las aletas un milímetro. Lo arranca, que no lo corta (¡sacrilegio mayor!), y, aunque estornude, lo chupa, lo mira, se lo pasa por los labios y se queda embelesado con las cosquillas que puede proporcionarle en esa, y otras zonas de su cuerpo.

Pero si hablamos de Santo Varón en su plenitud, no podemos hablar de otra cosa que no sea sexo. Si en su lugar de origen ya mostraba maneras de un gran donjuán, según me contaba en sus mútliples cartas, emails, mensajes al facebook y llamadas telefónicas, aquí en Barcelona el ave que se había ido gestando, encontró grandes espacios para liberar las alas y probar las estrategias desarrolladas previamente, pero ahora en grandes superficies. De la Kalúa de Teatinos pasamos a la parada de Urgell; del Morlaco a las plazas de toros que parecen paradas de metro. La máxima de nuevos planes, idénticas estrategias llevada al extremo.

El afán de actividad que mueve el corazón de Santo no es otra que la necesidad de búsqueda. El sentido de una vida que no tiene sentido es buscar una dirección. Y eso, nuestro compañero, lo sabe muy bien. A pesar de que se equivoca cuando compra y no tiene medida para la comida y de repente aparece en casa con un kilo de pimientos, busca la manera de gastarlos para no tirar nada a la basura. A pesar de que trata a todos con cierto desdén, considero que esa posición no es más que una pose, un muro de defensa ante una realidad que puede dañar las partes más blandas. Como se defiende el ermitaño en diferentes conchas a lo largo de su vida, Santo Varón utiliza, a veces, las palabras. A muchos les sienta mal, pero no se han parado a comprender nada, ni siquiera a ellos mismos.

Y habrá muchas historias que contar, estoy seguro. Lo que pueda, lo transcribiré aquí, torpemente. Los sueños, los paseos, las luces y los barrios atravesados por las chicas. Las chicas. Las mujeres que traen loco, excitado, imparable, a Santo varón.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Primeros días

Llegué a Barcelona un diez de septiembre de dos mil once. El sol apuntaba ya bajo cuando el avión tocó el suelo. Mis primeros pasos, tras media hora de tren hasta Passeig de Gràcia, fueron por la calle Consell de Cent. Todo me parecía extraño, como llegado por accidente. Aún me parecía imposible que hubiese llegado a una ciudad que no conocía para quedarme. Cosa del azar, pensaba. Como si hubiese naufragado a lo largo de los días, semanas, meses, años de mi vida hasta llegar a esta ciudad. Estas calles que ahora me son extrañas, pensé, serán como Martínez de la Rosa, como Amergual de la Mota o Reding en un futuro, espero, que no muy lejano.

Al día siguiente caminé por la ciudad durante horas. Visité lo que se suele visitar de Barcelona cuando uno viene a pasar unos días. Busqué puntos de referencia para ir haciéndome un callejero mental, una seguridad anclada en nombres de tiendas que ya conocía de otras ciudades. Cuando llegué a casa hablé con mamá y le dije que después de todo el día tenía la sensación de que Barcelona era como un barrio nuevo de Málaga que aún no conocía y que quería conocer. Que la cama donde dormía era una extensión de mi cuarto que, poco a poco, iría acondicionando a mi manera de virir tal y como lo hago hasta ahora. Supongo que algunos aspectos cambiarán, mamá, le dije, la experiencia me hará cambiar de métodos en algunas cuestiones supongo que, meramente prácticas. Me adaptaré a las nuevas situaciones usando métodos que ya conozco, le dije.

Después llegaron en forma de cascada un montón de días que no difieren mucho entre sí. Me he ido haciendo a la manera de vivir en casa, acomodando en los diferentes aspectos que supone esta nueva manera de pasar los días y ese tipo de cosas. Adapto las circunstancias de mi casa para que todo me sea más cómodo, aprovechando circunstancias de un modo inteligente, facilitándome el día a día. He colgado una bandera de Andalucía en el cuarto, por simpatía; un mapa de Barcelona, por práctico; y un mapa de Málaga, por perderme en sus calles con el dedo durante horas, cuando no me encuentre aquí. El primer viernes que estuve aquí fui a comprarme un paño de cocina a un chino que hay cerca de casa. La china que regentaba el local me sacó un completo y coloreado abanico de paños de cocina. La temática era los días de la semana. Es viernes, pensé, y como hoy es viernes y he llegado a los paños hoy, me llevo el paño del viernes. Ahora seco la cocina y las labores que se derivan de ella con el paño viernes (que así he decidido llamar). Lo uso, lo pongo a secar y lo guardo. Siempre está disponible, es fiel y se presta a cualquier actividad para la que quiera usarlo. Espero que no empiece a pensar por sí mismo.

Ahora mismo, y después de casi tres semanas, Barcelona es un montón de islas cuyas puertas de entrada son las bocas de metro. El norte varía irremediablemente en cada salida de metro. Puede ser, otra vez, una tienda, o un edificio. Aunque cada día aprendo un nuevo camino, una nueva calle por la que transitar para llegar a otro lugar, todavía me falta mucho por investigar. Y eso es lo que más me llama la atención de la ciudad, a parte de las clases, de las que hablaré o escribiré otro día. Las posibilidades que tiene la ciudad, me parecen ahora infinitas. Supongo que con el tiempo llegarán los caníbales y tendré que buscar estratagemas de defensa. Por lo pronto, paseando por el barrio de Gracia le compré a un mendigo dos libros a un módico precio: Historia de una escalera, de Buero Vallejo, editado por Austral, y Robinson Crusoe, de Defoe, en la edición de RTVE que todos queremos tener completa en casa.

Hoy me he despedido del sol, como aquel sábado diez de septiembre, soñando, esta vez tumbado y no bajando de un avión, con Barcelona y con Málaga, con la familia y amigos, posibles futuros que puedo vivir si consigo aprovechar las oportunidades que ahora tengo delante. Un punto en el espacio, ahora infinito, de tiempo limitado.